A ella.
Hembra dadivosa y opulenta, llena de nacar y ambrosia supurante en el compendio de tu ser y mi ser. Hermanos bicefalos, encarnados en un mismo cuerpo hirviente de concupiscencia encriptada, ardiente de enardecimiento recíproco.
Bella dama protuberante que se enraiga en mis cospúsculos de meyner a flor de piel, organismo sintiente e hibrido. Palpitante de ufana primavera en el vaiven sacrocoxial de nuestras sendas existencias encontrándonos al filo de la madrugada, sincopados y sumisos, entornados en el estro de los átomos del aire cálido que nos emvuelve, del dolor dulce que nos yuxtapone y marabunta.
Seres vivientes de un mismo instante y paradiga, definiéndonos quevedianamente en el palindro reciproco de nuestra bicefalidad amancebatoria.
Voluptuosa matriz balbuceante de clitoris resplandeciente y lujurioso. Bullicioso embarazo opulento de mi propia esencia autoerogena. Mi concubina enardecida, mi estigma sexual amancebatorio, mi extasis, mi excrecencia gemela de regazo.
Diosa procer erradicadora de mi soledad, nemesis vital, cornucopia conspicua y concupiscente de mi día a día. Mi dueña, mi salvación, mi esperanza, mi amante imbricada, mi todo. Mi queridísima, almorrana diagnosticada.

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Fui.
Hubo un día en que fui mota de polvo en tu ojo, piojo en tu cabello ondulante al viento, pigmento gris en el cromatismo del iris de tu mirada.
Femtosegundo en el tic-tac de tu reloj de pulsera, átomo en el retal de uña del dedo meñique de tu pie izquierdo. Fui peca diminuta en la constelación inasible de tu espalda, gota de agua en el océano de tu bajo vientre, granito de arena en el desierto de tu mente.
Ácaro en tu piel, mónada en el glamour de tu idiosincrasia, leucocito naufragado en el riego sanguíneo de tu corazón. Fui fragmento minúsculo de suelo incrustado en la suela de tus zapatos, corpúsculo de cielo en el punto ciego de tu mirada, miga de pan de las sobras de tu ayer, brizna del olor de tus pestañas bagando en el viento.
Fui impase de silencio en el vibrar indiferente de tus cuerdas vocales, fui molécula de aburrimiento en tus horas vacías, fui neutrino atravesando tu torso sin rozarte siquiera, fui antineutrino en medio de la esencia implacable de la nada eterna.
Fui una mínima triza de aire en tu respiración, misérrimo organismo unicelular de plancton en el mar de tu olvido, paupérrima partícula de polvo intergaláctico en el universo infinito de tu existencia.
Y hoy, soy -todavía- un poco menos.

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Yo nunca quise ser poeta.
Yo nunca quise ser poeta. Para mí la luna tan solo era un astro que desaparecía cuando no lo miraba, para mí el mar solo era un medio para descubrir continentes o un perro que venía a lamer mis descalzos pies sobre la arena con su saliva en cada ola.
Y la noche una panza de ciénagas bocabajo de la que se prendía el eco del vientre de la tregua entre las aduanas de besos y los alquileres de las fábricas de rechazos.
Yo no quise ser ungüento epidérmico de sudario en tumbas sucesivas. Yo no quise ser tubérculo palpitante de angosto conyugue de soldaduras de adverbio. Yo jamás quise redimir la clorofila del iris de mis ojos a través de la ciencia astronómica de las pecas de tu espalda.
Pero la vida huye a cada instante. Se escurre entre las horas baldías, entre las babas del tiempo y no te permite abortar un tiranosaurus rex, eyacular un portaviones o llorar una cloaca de ambrosía sino te subyugas al imperio de la belleza, si no te postras ante cada crepúsculo de miel.
Y solo encontré esta salida vergonzosa y timorata, esta orquesta de titanic que toca con su último aliento mientras todo se desmorona a su alrededor las exequias de nuestra civilización.
Y desde entonces vivo en una escafandra caníbal, en un desfile de acantilados, en el aleteo de un amanecer proscrito que araña la membrana del arrepentimiento. Y deambulo prados llenos de crímenes de flores que asesinan espantapájaros con sus uñas de aroma. Y respiro la contaminación del tedio mientras trago mis propias palabras como brasas.
Tengo la enfermedad del mundo, padezco la pandemia del yo. Y en la irritable oscuridad del aquí y ahora pierdo mi reino de secretos hipodérmicos a cambio de un mausoleo de aplausos en el que ser sepultado para siempre bajo un sencillo epitafio:
Yo nunca quise ser poeta. Me lie.

 

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Explicación prístina.
Eres metralla en mi garganta cocida al baño María por mi esternón. Pura fibra con que están hechas las palabras, musculatura de metáforas en mecanismos de desfile de tropas de asalto en mi escroto.
Te llevo tatuada en mis entrañas, te contraje como una enfermedad crónica y de nacimiento, incurable y endémica, pandémica y mortal. Miel elaborada sin abejas, sin polen y sin flor, miel mecánica parida por mariposas positrónicas.
Algoritmo vegetal invertebrado de procedencia extraterrestre, arte hecho de unicornios triturados, abuela del universo que eres vacuna y lobotomía, eres cáncer de lluvia y resistencia en barricadas hechas de estrellas de mar.
Embajadora de los huérfanos del mundo, cubierta de piel de filos de cuchillos oxidados. Que arrancas mi espina dorsal de carena de cordillera en llamas de cuajo y luego santificas el abecedario de mis vertebras llenas de relámpagos borrachos y autopsia de mina de semen de luciérnagas ciegas. Resquebrajas los poros de frambuesa de mis abrazos de barranco y descuentas los pétalos anatema de las cenizas de la flor de mi paladar.
Y eres el primer ser de las cavernas soñando las alcantarillas del mañana fundando un corazón lija para las multitudes del ayer, la belleza antes de que existieran los ojos para conferirle sentido, el sufragio incesante de rayas de horizonte hacia el que caminar, al amanecer, como una desbandada de pirañas, tornado de amígdalas o niebla de aliento de espinas.
Y te cuelas incesante por la grieta electrificada del convexo escalofrió del tiempo. Y estás en cada conversación de pozo de torbellino en el perpendicular olvido en punto de fuga de ese angosto pasado de lápida con veleta, pastel de cumpleaños salpimentado de azufre de traición y cianuro de trampa de herradura en caries caníbal de niños cascada y niñas carabelas delantales en cuerpos maniquís de porcelana que huyen en bicicleta estática en dirección a vidas sardina en lata tras muros de torbellino en alquiler.
Dejándome a mí de nuevo en el casillero de salida con la patente de corso del destino abrevando en la tetina de un porvenir burbuja centrífuga de respiración de pez abisal, alineado con la puntual carambola de planetas en la pecera del tiempo.
Y eres beso radiactivo en mi Antartida, emboscada de espuma en mi Himalaya. Cefalópodo amor intrauterino que abraza mi medianoche y vibra en el arco del esófago del insecto que gruñe rubicundo en mi interior.
Así te siento, así te padezco, así eres para mí, poesía.

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Previsiones fúnebres

Tengo ya preparado mi epitafio, el lugar de mi tumba, la madera y los ribetes cromados de mi ataúd ya elegido. He dejado ya pagadas las flores de mi entierro, ya escogida la lápida, el material de que estará compuesta, la tipografía de mi nombre, la foto ilustrativa y el lugar donde se ubicarán las fechas de mi nacimiento y la otra.

Tengo disculpados ya a mis deudores y pedidas ya las disculpas pertinentes a mis acreedores. Tengo despedidos a todos los seres queridos, informados a los periódicos del texto de mi obituario y vengados todos los agravios de mis enemigos. Tengo escogido el cortejo fúnebre, el traje mortuorio, el tono del maquillaje que atenué el rigor mortis preceptivo. Tengo predicho el cielo gris y mortecino que lucirá ese día. Las lágrimas de mis deudos amortizadas, la tristeza prorrateada y, por si acaso, he dejado encargados dos kilos de cebollas para poner en el tanatorio y que me puedan llorar.

Tengo el catering elegido y pagado, una botella de coñac y otra de anís para templar los nervios en caso de que alguien esté nervioso. Pañuelos de papel ubicados estratégicamente por la sala por si fuera necesario que alguien se suene los mocos o se seque el sudor de la sien o enjuague unas hipotéticas lágrimas.

Tengo firmado mi testamento y dejado resuelto mi legado. Mis bienes más preciados quedarán difuminados por el aire: léase ideas futuras que ya no serán. Todo lo demás. ideas consumidas y muertas quedan en usufructo de la humanidad.

Porque tengo ya mis últimas palabras preparadas, mi último aliento predispuesto, mi definitivo sollozo esperando el justo momento para infundir desaliento a los presentes. Nada de heroicidades ni valentías fatuas, ninguna aceptación postrera.
Solo es que tengo la muerte preparada por si llega, la muerte resuelta de antemano. Tan solo el orgullo último de saber que no me pilla por sorpresa, sin ser consciente de ser consciente de poder esperarla en cualquier instante.

Ahora, mientras tanto: a vivir.

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El día que te folle

El día que te folle te van a saltar de cuajo todas las pestañas. Se van a extinguir lo koalas y a ti te va a pasar por encima un tranvía como a Gaudí para que delires como deliraron los genios.

El día que te folle vas a ver todas las estrellas del universo brillar con tal intensidad que la noche –si es de noche- se hará día. Porque el día que te folle te follaré con tanto ardor que te saldrán dos geiseres de Islandia por los oídos y tus pupilas enloquecerán como electrones dando vueltas alrededor del núcleo de tu ser que entrará en éxtasis y le serán revelados todos los misterios de la existencia, se te concederá el secreto de la vida eterna, tendrá sentido el mundo y serás completamente omnisciente. Y, luego, cuando termine, evidentemente… olvidarás todo. Incluso tu nombre y quien eres. No sabrás nada. Habrás vuelto a nacer.

Y es que ser follada por mí será como si te poseyeran las siete plagas de Egipto pero en sentido positivo, será como si se construyera en canal de Suez en tu interior, follada en barrena hasta unir tus dos entradas en un solo túnel. Que te esté follando podrá ser comparable a que hierva una olla a presión en tus entrañas, a que te abduja un enjambre de mariposas asesinas, a que se desencadene un terremoto de 9,4 en la escala de richter con epicentro en tu clítoris que desemboque en tsunami por toda tu médula espinal.

Y, después, cuando ya te haya follado habrás comprendido lo que sienten tus braguitas preferidas en el centrifugado de la lavadora, comprenderás la textura de las nubes y que es aquello que ve el ojo de un huracán. Comprenderás la ira del mundo y su ternura. Entenderás las guerras y el amor. Te entenderás a ti misma en la vorágine del vórtice del tiempo sabiéndote follada por el censo total de los humanos de la historia con suma catarsis de destrucción y delicadeza.

Porque el día que me dejes follarte, voy a hacer contigo lo que el big-bang hizo con el universo y lo que la primavera le hace a los cerezos.

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Hirsuta madrugada

Soy la mañana inerte que pende del hilo de la madrugada. Traigo en mi regazo los monstruos del insomnio que te besan la frente con ósculo de ácido sulfúrico.

Soy el portador del virus de la soledad,la cepa madre de la pandemia del desamparo. La maldición del estigma de los que se levantan solitarios por mucho que estés a su lado. Aquellos que abrazan pieles sin abrazar cuerpos, que follan cuerpos sin follar mentes, que aman mentes sin amar sus pensamientos.
Aquellos que viven dentro del rumor de una caracola encerrada dentro de un caparazón de tortuga guardado en una caja fuerte que está dentro de un refugio antiatómico que ubicado en el interior de esa misma caracola.

Individuo enmimismado que no siente ni padece, enemigo de mi mismo, , verdugo de mi existencia postrera en el anacoluto de un frase que.

Quejumbroso poeta del desprecio a la vida por mucho que esta se empeñe en poner a prueba mi pesimismo con encuentros momentos que valen la pena.

Pero nada importa al filo de la madrugada con las ojeras rotas y un microondas en el pecho y el hígado macerándose al baño maría. Desestructurarse como un reloj en sus diminutos engranajes sabiendo que al volver a juntarte va a sobrar una pieza que ya no encajará. Remendarte a jirones de piel seca cosido a costuras sin sentido que dejan cicatrices en la resiliencia del día a día. Desmoronarse entre las ruinas del mundo a sabiendas de que nuevos imperios vendrán a construir su civilización sobre el cementerio de tu inexistencia. Animal extinto corrupto en su brea, fósil incipiente de petrificado pene, de traje de muralla en pecho, niño en armadura de gigante, mausoleo del que fuiste en vida, pocilga de cloacas, adalid de las más nobles causas traicionadas, pedo de cucaracha.

Ego, te absolvo. Del dolor de las entrañas del mañana, del impúdico ayer que te venció tan solo para que puedas ejecutar tu venganza. Incluso, de este hoy por el que pululas arrastrando estas palabras de lava y betún, de escorbuto con mostaza, de albur de lejanas postrimerías y abyectas cacofonías nigrománticas. De hirsuta madruga pandémica que te perdona, porque en el fondo te ignora porque es la única forma de amarte. Y en eso, se parece tanto a ti…

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