Mi anti-yo.

El otro día, debido a una fluctuación cuántica de la ondulación de la materia, se me apareció mi anti-yo. Si yo soy moreno él es rubio. Si yo soy humilde él es vanidoso. Si yo sufro él es feliz. Si yo soy zurdo él es diestro.
Somos dos personas iguales, pero totalmente diferentes. Decimos las mismas cosas al mismo tiempo, pero quizá por cierto vago tono irónico indetectable los significados de estas son opuestos. Tenemos sentimientos por personas que son diametralmente distintos: yo odio a quien él ama y él ama a quien yo odio, a pesar de que lo que sentimos sea en realidad lo mismo. Nuestro presente es igual pero antagónico y difiere de forma inversamente proporcional nuestro pasado tan solo por nuestras sendas opuestas interpretaciones.
Mi anti-yo hace todo aquello que yo no haría nunca mientras que yo no hago nada de aquello que él desea en realidad hacer. Vivimos realidades idénticas de forma totalmente contraria. Lloramos uno de dolor y el otro de felicidad, cuando él siente deseo yo en ese momento siento miedo y, entonces, uno se rinde justo cuando el otro empieza a enfrentarse al mundo de verdad.
Pero a los dos nos suceden las mismas cosas porque estamos unidos por una inercia intersticial de simetrías multidimensionales. Hemos vivido la misma vida y estamos aferrados al mismo destino aciago o glorioso según lo viva él o yo. Y miramos juntos el mismo horizonte en un mismo gesto en el que yo meso con mi mano diestra mis rubios cabellos.

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Como si lloviera.

Como si las huellas dejadas sobre la tierra mojada del parque pudieran delatar tu forma de andar, la sinuosa cadencia de tus pasos, la dirección de tu destino, el preciso ondular al viento de tus cabellos mientras caminas.
Como si en las arrugas que deja la ausencia de tu cabeza en la almohada se pudiera corroborar los sueños que tuviste esta noche, tus anhelos futuros, tus preocupaciones vanas y el ritmo exacto de los latidos de tu corazón. Si soñaste con un dinosaurio o que vivías en la Luna dentro de un cráter o en el Polo Norte dentro de un iglú.
Como si en el vaho de tu respiración en el espejo del cuarto de baño se pudiera vislumbrar tu manera de besar, la tersura esponjiforme de tus labios. Y quedara impreso en la niebla opaca que emborrona tu rostro el ritmo de tus pestañeos, el mapa del cielo en tu mirada una tarde de otoño, la entrecortada respiración de tus jadeos en el coito, la forma misma de las nubes y el deseo.
Como si del rastro de tus huellas dactilares en mi piel se pudiera deducir tu identidad secreta y tus más ocultos misterios quedaran traducidos en el braille de los poros de mi erizado antebrazo.
Y quedara así el universo deducido al contacto de nuestras sendas epidermis.

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Alguien.

Esta mañana vi a alguien asomarse en el espejo del baño justo cuando yo me asomaba. Lo vi untar las tostadas con mantequilla de mi desayuno, lo vi rascar mi nariz y tocarme la entrepierna con deseo. Lo vi frotarme con sus manos en la ducha y limpiar mi culo con papel higiénico después de defecar.
Lo vi elegir mi ropa para hoy y ponerse mis calcetines y atar los botones de mi camisa. Lo vi saludar a mi vecina al bajar la escalera de mi piso, salir por el portal de mi edificio y caminar en la misma dirección en que iba yo. Lo vi hacer mi trabajo en la oficina y lo vi llamar por teléfono a la mujer que yo amo. Lo vi yendo a su casa por la noche y lo vi -estremeciéndome de celos- hacerle el amor con pasión. Lo vi enamorándose de ella y también lo vi en medio de la noche volver por las calles vacías de nuevo hasta donde vivo yo. Lo vi entrar por la puerta, dirigirse al baño y asomarse al espejo y quedarse mirando cómo me asomaba yo en el mismo justo instante en que él se asomó.
Lo vi, luego, irse despacio mientras me miraba con una mezcla de lástima y desprecio, dejándome ahí abandonado para siempre.

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El transcurso de las vidas.

Los habitantes de aquel mundo que ya fue recurren con exactitud el transcurso de sus vidas atrapados en el surco del destino que les corresponde. Todo lo que les acontece ya sucedió hace mucho tiempo y tan solo vuelven a revivirlo una y otra vez en lo que ellos creen que es el ahora.
Es de este modo que creen estar tomando decisiones sobre su comportamiento cuando no hacen más que repetir aquella existencia primera en la que tal vez sí fueron dueños de su devenir. Y así es como unos toman el autobús hacia una dirección concreta y otros están convencidos de estar eligiendo aquellas palabras que conforman su discurso. Unos piensan que están pensando y otros creen creer en lo que creen. Unos creen amar y otros piensan que escogen por si mismos su ropa por la mañana.
Unos se sienten inmortales y otros se constatan efímeros. Algunos se conciben arrogantes como dueños de si mismos y otros humildemente viven sin pretensiones sabiéndose indecisos cuando, en realidad, todo ha sido elegido ya de antemano. Y alguno cree que escribe y algún otro cree estar leyendo en este instante. Y, en cambio, todo ha sido escrito y leído desde hace mucho y tan solo transcurren las historias por los cauces por los que acontecieron la primera vez. Si es que la hubo.

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Natura Muerta Viva.

Había una cebolla tan triste que se cortaba a sí misma. Y un obituario sin muertes de placer, a no ser que ese señor que ponen que murió en la cama rodeado de los suyos feneció en medio de una orgía.
Que mal combinan la diarrea y los estornudos pienso mientras escribo desde este rincón sombrío de mi habitación que también había una flor pintada por un pintor tan perfecta que las abejas del jardín se posaban en ella confundiéndola con una de verdad. Y había una niña que quiso arrancar la flor con tanto afán que se cayó en el cuadro. Y vivió el resto de su vida dentro de un mundo de paisajes pictóricos y bodegones clásicos con naturas muertas vivas.
Había un dedal cuyo hueco era tan profundo que se podía oír en él las reminiscencias del eco del big-bang, ig-bang, bang, ang…
Llévame de vuelta al inicio de los tiempos donde todo era sencillo y las caras no ocultaban máscaras que ocultan caras que ocultan máscaras y podías jugar a la petanca con un electrón. Comer pan con chocolate y hablar de estar comiendo pan con chocolate mientras en el cielo cruzaba raudo el cometa Halley diciéndote “hasta luego”.
Había también un mensaje en una botella llegado de la otra punta del universo que cuando lo leías ponía: tonto el que lo lea. Fíjate, pone bien clarito tonto el que lo lea, y juro que es verdad pienso mientras tecleo palabras que no entiendo y empiezo a desear que se desate una tormenta estridente y estruendosa, porque los rayos y los truenos combinan muy bien con los juramentos. Quizá también con la pedorrea. Al igual que las motocicletas.
Hay un diente de ajo que sonríe desde un bodegón antropomórfico de un cuadro colgado en la pared. El señor del cuadro está compuesto de vegetales y su nariz es una berenjena, sus ojos aceitunas negras, su corazón una patata palpitante y lleva en su mano una flor que un día le dio una niña que vivía dentro de un mundo de paisajes pictóricos y bodegones clásicos llenos de naturas muertas vivas. Y era una flor tan perfecta que los rayos de luz que entraban por la ventana hacían la fotosíntesis en ella.

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Desaprenderte.

Tengo que aprender a no querer desearte. Aprender a no considerar tus ojos el anticipo de la galaxia Andromeda ante la mirada atónita de los habitantes del planeta tierra dentro de 40000 millones de años cuando entre en colisión con nuestra galaxia. Tengo que aprender a que tu cuello no sea el tótem de mis deseos, ni tu tabique nasal el lugar donde se suicidan mis anhelos. Tengo que aprender a dejar de considerar tus pestañas el abanico de las lunas que anidan en mi ventana. Tengo que aprender a dejar de ver en tu mirada mi mirada reflejando la tuya incesantemente hasta la eternidad.
Tengo que dejar de sentir tu voz en el eco más profundo de mis entrañas. Y tengo que aprender a ver tus pechos como cimas inalcanzables de montañas de planetas lejanos a los que nunca viajaré. Tengo que aprender a olvidar tu culo en la distancia más allá de las fauces de los átomos que componen los corpúsculos de Meyner de las células epiteliales de la piel de las yemas de mis manos ávidas de ti. Y tengo que desaprender a desear tu bajo vientre como fin último de la teleológica existencia ontológica del bajovientre de mi ser.
Tengo que desaprender a amarte y desaprender a querer conseguirte y desaprender a apasionarme en tu presencia, a fustigarme de melancolía en tu ausencia y, en general, a morir de amor por tu existencia.
Pero quizá, lo más difícil de aprender de todo aquello que tengo que aprender sea a desdibujar tus labios en el acolchamiento de mis retinas, a mermar su sinuosa voluptuosidad, a diezmar su carnalidad propugnadora del canibalismo, a sesgar el manantial de deseo incalculable, y finalmente, así aprender a desentenderlos como paradigma del deseo anhelante de mis besos.

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Belleza prohibida.

Se ha prohibido tu mirada en los centros de rehabilitación de pirómanos. Se han prohibido tus caderas cerca de las fallas sísmica de San Andrés y en el cinturón de fuego de que resigue Japón. Se ha prohibido tu sonrisa en el Louvre para que no desmerezca la de la Monalisa. Se ha prohibido tu escote en el ministerio de vértigos y precipicios. Se han prohibido tus pupilas en el centro de detección de agujeros negros de la NASA. Para que no confunda a los telescopios y radares siderales.
Se han prohibido tus andares en la convención de péndulos y medidas a petición del comité de alabeos y contorneos de cintura. Se ha declarado persona non grata tu belleza en el laberinto de espejos incapaces de deformarla, en la reunión anual de orquídeas envidiosas y el simposium de crepúsculos envilecidos por ti.
Se han prohibido tus hombros en la Luna para que no la ignoren los astronautas poetas. Se ha impugnado la existencia de las pecas de tu espalda en las noches de otoño para no menoscabar a las estrellas. Y tus labios están vetados en los siete mares por riesgo de tsunami de pasión.
Tus pestañas están prohibidas en el ártico en la época de la aurora boreal. Tu ombligo es delito en más de catorce estados de estados unidos. Se ha vetado en la convención de aritmética de Obregón la asistencia de tu nariz porque su perfección deja a las matemáticas en una ciencia imperfecta.
Está prohibido mentar tu mentón en presencia de ninguna de las nueve musas de la Gracia Clásica. Se han censurado tus orejas en la filarmónica de Londres por temor a que hagan palidecer las sinfonías en comparación a ellas. Y están proscritos tus pechos en el Everest.
Tu cuerpo entero es un atentado contra la belleza del mundo que agoniza en tu contemplación, que sucumbe en tu presencia y se mustia por el fulgor irreductible que emana desde cada milímetro de tu ser a través de la luz hasta la mirada contemplativa del Sol, que enceguece ante ti.
Pero yo me arriesgo. Y te miro un poquito el culo de soslayo al pasar.

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