Bajo el indómito manto de estrellas del cielo nocturno.

Cuando la conoció pensó que la posibilidad de que ella lo quisiera era comparable a que le tocara el primer premio de la lotería un millón de veces seguidas. O sea, que había una posibilidad.

Más tarde, cuando en aquella fiesta de amigos comunes se pusieron a charlar y resultó que su película favorita era la misma y que estaban leyendo el mismo libro por las noches y el apellido de ella coincidía con el nombre de la calle en la que él vivió en su infancia, entonces, estaba completamente seguro de que en un futuro se casaría con ella con una probabilidad del 99,9% periodo. Con lo que lo seguramente eso no sucedería jamás.

Fue entonces cuando una tarde en que se encontraron en la sección de congelados del supermercado él la invitó a cenar esa noche y después de la cena salieron del restaurante y fueron a pasear por el parque bajo el manto indómito de estrellas del cielo nocturno. Y así entre risas y comentarios banales él le dijo que la amaba e intentó besarla y ella le correspondió. O, quizás, ella apartó sus labios en el último instante mostrándose arisca y distante para que él comprendiera que la había malinterpretado y que, en realidad, ni tan siquiera salieron a pasear por el parque esa noche bajo el manto de indómitas estrellas del cielo nocturno después de la cena en el restaurante o, tal vez, ni siquiera ella hubo aceptado que la invitara a cenar esa noche cuando se encontraron en la sección de congelados del supermercado porqué incluso jamás llegaron a encontrarse ese día en aquel lugar.

O, quizás, si que se encontraron y él la invitó a cenar y ella aceptó y cenaron juntos ese día y luego salieron a pasear bajo el manto de indómitas estrellas del cielo nocturno y él le dijo que la quería y la intentó besar y ella le correspondió. Por lo que volvieron a quedar otro día y se fueron gustando y siguieron besándose e hicieron el amor y a las pocas semanas ya eran una pareja estable y al cabo de unos meses decidieron casarse y tuvieron varios hijos y dos perros y una hipoteca y viajaron a París y también a Roma y envejecieron juntos y se quisieron mucho y fueron felices y en el entierro de ella él lloró desconsoladamente y siguió amando su recuerdo hasta el final de sus propios días.

O, tal vez, no siguió amando su recuerdo, ni lloró desconsoladamente en su entierro, ni tuvieron varios hijos, ni viajaron a Roma, ni tuvieron dos perros, porqué jamás pasearon juntos bajo el manto de indómitas estrellas del cielo nocturno, ni la intentó besar, ni la invitó a cenar esa noche, ni llegaron a encontrarse jamás ese día en la sección de congelados del supermercado, ni viajaron a París.

Ahora, o sea, antes de que sucediera o no sucediera todo esto, él piensa que quizás compartan una vida juntos o no. Y a la vez recuerda su futuro conjunto e imagina desde este un pasado común. Y la probabilidad de que esto suceda fluctúa dependiendo de parámetros como que ella le roce la mano cuando se encuentran en alguna charla de amigos comunes o que en cambio decida irse de algún sitio a los diez minutos de que aparezca él. Cualquier detalle mínimo puede ser interpretado como un designio advenedizo de un destino común o una señal adversa de un lúgubre porvenir en el que cada uno irá por su lado.

Pero en medio de la noche bajo el manto de indómitas estrellas del cielo nocturno él cree oír a lo lejos música de violines sonando en alguna calle de París.

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