Indecibilidad a la hora de comprar un helado.

Parado ante el muestrario multicolor de la vitrina de una heladería no sabe que sabor elegir. El heladero, después de cercionarse de que quiere un cucurucho normal de tan solo una bola le ha hecho la pregunta de rigor ¿De que sabor?

Las posibilidades le parecen casi infinitas ante la policromía sinestésica que le ofrecen multitud de recipientes del otro lado del cristal de la vitrina. Todos ellos convenientemente etiquetados con palabras que remiten a múltiples sabores que le parecen unánimemente exquisitos. El sublime limón, la inconmensurable fresa, el exótico mango, la indefectible strachatela, la sempiterna vainilla, el clamoroso coco, la incomparable avellana y así indefinidamente mostrándose equitativo a sus ojos el variopinto abanico de ese arco iris gustativo que expande concatenadamente una multitud de posibilidades de elección.

El heladero empieza a impacientarse ante la tardanza en la decisión selectiva y la profusión de dubitaciones, mmms y rascamientos de barbilla reflexivos por parte del indeciso cliente que no acaba de determinar su inapelable elección.

El de turrón está muy rico dirá el heladero en su afán comprensible de propiciar la elección definitiva del cliente sea esta la que sea. Y, en cambio, el cliente, al cual el turrón le gusta pero no menos que cualquier otro de los exquisitos sabores que ante él se muestran en un multipictórico muestrario de calidoscópica belleza, no sabe por cual decantarse. Si la sabrosa nata, el delicioso melón, la magnífica menta, la fantástica naranja, el portentoso chocolate, el excelente café, la increíble trufa, el inmejorable tiramizú…

Ninguno mejor que otro, nada que le apetezca menos que cualquier otra cosa. Y, de este modo, el cliente se mantiene impertérrito en su dubitativa pose de incertidumbre electiva. El heladero, en cuyo rostro se vislumbra ya un vago rictus de impaciencia asesina, conmina con velada amargura al cliente a acelerar su decisión final ante el incipiente amontonamiento de demás personas aguardando su turno. Elija el que más le guste o elija uno al azar dirá protocolariamente el heladero a fin de propiciar la tan ansiada selección definitiva.

Pero el cliente ha quedado ya atrapado en la indecibilidad misma de no preferir ningún sabor a ningún otro enfrente de esa multiplicidad ahora ya indeseable de posibilidades papilogustativas ante las que no puede sino que permanecer inmutable y estático mientras a sus espaldas empieza a oírse un murmullo de insatisfacción entre los integrantes de la ya considerablemente importante cola que se ha formado y mientras la cara del heladero ya profesa casi un rigor mortis ante su pasividad electiva. Circunstancias que en nada ayudan al apremio en la toma de la decisión sino más bien todo lo contrario con lo que llegado a ese punto el cliente, incapaz de decidir el sabor definitivo, se excusará con vagos argumentos gastricodigestivos repentinos para postergar hasta otro día la compra del susodicho helado ante la estupefacción de los demás clientes que aguardan su turno y el tenue alivio del heladero que a estas alturas ya está pensando en cerrar su negocio e irse a vivir una temporada al campo en medio de arboles, flores, abejas y demás flora y fauna bucólico-campestre.

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