Nemesio.

Esta mañana no le ha sonado la alarma del móvil y tan solo se ha despertado al recibir una llamada de alguien que se había equivocado de número y preguntaba por un tal Nemesio. Ahora llegará tarde a su cita concertada para renovar su carné de identidad en unas oficinas del estado que justo le caducó ayer. Por lo que debe darse prisa. Así que se viste rápidamente y constata que si quiere llegar a la hora prevista no le da tiempo de lavarse la cara, cepillarse los dientes y ni tan siquiera de mirarse en el espejo para ver si va bien peinado. Y se marcha tan deprisa que en vez de salir por la puerta del piso abre la puerta del cuarto de la fregona que está al lado con el consiguiente estupor repentino y posterior enmienda del equivoco.
Y a en la calle piensa que quizá ir en metro será lo más rápido pero justo cuando él llega está saliendo del andén el tre. Así que deberá esperar a que llegue el siguiente con la pertinente demora para cumplir a tiempo su itinerario previsto. Es entonces en medio de esa espera cuando se le acerca un tipo que acababa de bajar de uno de los vagones para saludarle como si le conociera de toda la vida y, en cambio, él no lo conoce de nada. Decide, no obstante, seguirle la conversación con expresiones vagas  esperando recordar de que se conocen mediante aquello que esa persona pueda nombrarle. Esto no es así y aprovechando la llegada del siguiente tren se despiden con explícitos deseos de volver a verse algún otro día, aunque él sigue sin saber quien es ese tipo y empieza a sospechar que, en cambio, este muy probablemente debe confundirle creyendo que él es otra persona.
Sube al vagón aun pensando en quien debía ser esa persona cuando de repente suena su teléfono móvil. Resulta que se han vuelto a equivocar y de nuevo preguntan por un tal Nemesio con lo que es probable que este haya dado su número por error a alguien y ahora le estén llamando a él  cuando quieren contactar con ese tal Nemesio.
Aclara de nuevo el error y cuelga justo a tiempo parabajar en la estación antes de que se cierren las puertas del tren. Camina por el pasillo en dirección a las escaleras mecánicas en un recorrido que conoce muy bien sino fuera porque empieza a sentir como un jamas vu respecto a ese sitio hasta que finalmente constata que en el lugar donde debieran estar dichas escaleras hay una pared sin salida. Después de quedar por un momento consternado por esta inexplicable distribución arquitectónica consigue retraerse hasta que al fin observando un panel informativo comprende que con las prisas se ha bajado en la parada anterior a la que iba.
Resarce el error esperando el siguiente tren del que esta vez si que se apeará en la parada correspondiente al edificio de oficinas gubernamentales al que va. Una vez en el hall del mismo subirá por el ascensor en el que aprovecha para mirar como lleva el pelo en uno de los opuestos espejos que ofrecen a causa de esa ubicación frontal la multiplicación de su imagen de forma abismal. Ve, entonces, como debido a que esa mañana no ha tenido tiempo de peinarse en todos su reflejos lleva el peinado con la raya hacia el otro lado del que en él es habitual . Concibe, no obstante, que retocarlo implicaría moldear su peinado en todas y cada una de las infinitas imágenes concatenadas de si mismo que habitan el espejo. Por lo que piensa que lo mejor será dejar el pelo como está a pesar de que cree observar como en una de las últimas imágenes de si mismo que llega a distinguir parece como si en esta si que llevara el pelo con la raya hacia su lado habitual. Pero ese detalle es apenas imperceptible y tan solo debe ser un mero efecto óptico o subjetivo que decide obviar completamente en el mismo instate en que se abren las puertas del ascensor a la altura del cuarto piso.
Se dirige directamente como la última vez que estuvo en este sitio hasta la puerta C. Toca el timbre sin demora esperado haber llegado aun a tiempo a su cita para la renovación del carné. Sin embargo, al abrir la puerta aparece una señora en batín y zapatillas detrás de la cual se observa lo que parece ser su casa.  Intenta de inmediato justificar ese hecho por una equivocación suya al escoger la puerta o el piso o mediante un error previo a la hora de atribuirle dichas coordenadas a esas oficinas. Pero tanto la letra de la puerta como el número de la planta coinciden con los esperados que a la vez, son sin ningún tipo de dudas, los correctos tal y como lo han sido las otras veces que ha estado aquí. Así que, después de cercionarse que ahí no hubieron en un pasado reciente unas oficinas gubernamentales ya que esa mujer insiste en afirmar que vive en ese piso desde hace más de veinte años, se despide pidiendo disculpas y sin entender nada.
Lo entenderá luego cuando al regresar a la planta baja descubra que ese bloque está dividido en escaleras A y B. Y que él siempre subió por las mismas sin sospechar la existencia de las otras hasta que hoy debido a las prisas ha subido por el otro tramo con el consecuente error.
Así que sube esta vez por el ascensor correcto al tiempo que prepara el carné en su mano esperando aun poder llegar a tiempo. Pero aun subiendo recibe de nuevo una llamada telefónica. Al contestar constatará que otra vez preguntan por esa persona llamada Nemesio que en algún lugar debió apuntar su número por error y ahora todo el mundo que quiere llamarlo lo está llamando a él. Un poco agobiado por la situación le responde gritando a su interlocutor que este no es el número de ese tal Nemesio.
Y justo ahí es cuando desde el fondo del abismo de reflejos concatenados de si mismo en el espejo le ha parecido oír su nombre. Pues el nombre de uno mismo es distinguible en medio de cualquier multitud de murmullos.
Mira hacia el fondo del espejo y todos sus yoes le miran a él. Todos menos uno que está observando detenidamente el carné que lleva en la mano. Él decide mirar también el que está en la suya. Y entonces es cuando ve como al lado de la fecha caducada de su carné el nombre que figura en este es Nemesio.

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