Ser declarado invisible.

Todo empezó como un juego. Una tarde charlando en el bar con mis colegas del trabajo fui declarado invisible. El resultado era que todos debían hacer como que yo no estaba en su presencia. No podían verme, pues era invisible, pero tampoco oírme, tocarme, ni percibirme sensorialmente de ninguna manera. Si yo decía algo todos actuaban con suma indiferencia, si estaba sentado en una silla esta era considerada como una silla vacía y si levantaba un vaso o una botella por sobre de la mesa era como si ese objeto levitara solo de forma espeluznante.

Fue muy divertido, nos reímos mucho y la broma se alargó durante toda la velada llegando incluso hasta alcanzar el momento deirnos donde todo el mundo se despidió de todo el mundo de forma un tanto exagerada menos de mi. Se habían conjurado para llevar a cabo  la broma de forma prolija hasta las últimas consecuencias.

Al día siguiente aun pareciera que hubieran acordado continuar con el juego porqué nadie me llamó y al telefonear yo a alguno de ellos no me atendieron la llamada como si fuera aun imposible manifestar mi existencia de ningún modo.

Ahí empezó a dejar de hacerme gracia el juego. Sin embargo, tampoco le di más importancia y seguí adelante con mi rutina habitual. Salí a la calle en dirección al trabajo. Caminé por las aceras  y fue al ir a cruzar un paso de peatones que un coche casi me atropella si no llego a esperar que este pasara de largo sin haberme visto. A pesar de no ser culpa mía extremé las precauciones esperando antes de cruzar que se detuviera el siguiente vehículo. No obstante, pasaron ante mi dos coches y una furgoneta sin frenar en ningún momento a pesar de que yo estaba parado ostensiblemente delante de ese paso cebra.

Finalmente, cuando me aseguré de que no venía nadie en ninguna dirección cruce raudo la calle hasta el otro lado. Luego, continué andando por la acera y salude a un conocido que no tan solo no me devolvió el saludo sino que ni se inmutó. La hostilidad del mundo era cada día mayor, las personas fingían no verse aunque se conocieran para no haber de saludarse. Y determiné que el próximo día que me encontrara a esa persona por la calle ejecutaría mi anhelada venganza en forma de idéntica indiferencia.

Llegué, por fin, al edificio de oficinas en el que trabajaba pero al intentar acceder la puerta automática de la entrada resultó estar estropeada. O eso se desprendía de mis reiterados aspavientos y botecitos ante esta para que me detectara sin éxito alguno. Cuando ya no sabía que más hacer para intentar abrir la susodicha puerta llego otra persona y justo al llegar a la altura del inoperante acceso automatizado este, sin más, se abrió de forma repentina.

Aproveché para entrar de inmediato maldiciendo los avances tecnológicos que hacen nuestra vida más fácil en teoría y le di las gracias al tipo que había conseguido que la puerta se abrierá pero este ni siquiera me contestó.

La mala educación de la gente era cada día más patente en esta ciudad deshumanizada y cruel. Dejé que esa persona se marchara por un pasillo despreocupadamente  de mis palabras y me dirigí al ascensor para subir al séptimo piso donde yo trabajaba. Llamé al botón del ascensor. Primero de forma discreta y serena, al cabo del rato con algo más de énfasis y reiteración, más tarde aporreándolo con los nudillos de manera un tanto desesperada. Pero nada, el ascensor también se había averiado y tuve que subir por las escaleras hasta el séptimo piso no sin dejar de observar a la altura del tercero como este ya estaba operativo pues alguien acababa de introducirse en él en ese justo instante. Así que aproveché para preguntarle a esa persona si se dirigía hacia arriba para intentar  ahorrarme aun los cuatro pisos de escaleras que me quedabanpor subir. Pero dicha persona no pareció oír mi pregunta o me ignoró pues se cerraron las puertas del ascensor y aun no me había contestado.

Así que no me quedó más remedio que subir por las escaleras hasta el séptimo piso con las consiguientes sudoraciones y resoplidos asociados a tal efecto. A pesar de todo, finalmente llegué a mi lugar de trabajo habitual. Fue entonces cuando, saludando uno a uno a mis compañeros y compañeras de oficina, me fui dando cuenta ante sus inusitados silencios y absoluta indiferencia que aun seguían conchabados para alargar la broma de anoche durante el día de hoy. Que parece ser que habían hablado con los demás miembros de la empresa y que todo el mundo estaba al corriente de que me habían de tratar como si no existiera. Llegó a tal punto la perfección con que estaban dispuestos a seguir con el jueguito que parece ser que incluso involucraron al gerente de la empresa que en toda la mañana no se dignó a dirigirse a mi para encomendarme ninguna labor.

Un poco harto ya del tema decidí ignorar el comportamiento de todos y aproveché para pasar la mañana en el despacho sin hacer nada. Al hacerse hora de salir me fui raudo hacia el ascensor sin despedirme de nadie y subí justo a tiempo para coincidir con la compañera de trabajo de la que estaba enamorado pero con la que nunca había hablado. Ella pulsó el botón correspondiente a la planta baja y yo asentí con la cabeza. Estábamos uno al lado del otro sumidos en el incómodo silencio de un viaje en ascensor. Pensé en hacer un previsible comentario sobre el tiempo, también pensé en declararle súbitamente lo que sentía por ella, pero finalmente callé y no dije nada.

Supuse que si le hubiera hablado, probablemente, habría hecho como si yo no existiera. Quizá porqué estuviera ella al corriente del complot que había en la oficina para declararme inexistente o, tal vez, sin tener conocimiento de eso, porque para ella yo siempre había sido considerado como un ser invisible.

Así que decidí seguirla en silencio hasta llegar a su casa. Me quité los zapatos en el rellano y me colé tras ella sin hacer ruido cuando entró por la puerta de su piso. Desde entonces soy el fantasma que la espera cada día y vive junto a ella sin que pueda notar mi presencia sino es por un crujir del suelo del parquet en medio de la noche o un inquietante golpe si choco despistado contra el perchero.

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