El Metro era el Infierno.imagesCAS2VD8A

Resultó ser que el metro era el infierno. O, al menos, por una de las bocas de metro de esa ciudad se accedía a un lugar cuyos parámetros podrían considerarse infernales. Así, después de adentrarse a través de varias escaleras mecánicas hacia las profundidades del mundo subterráneo se llegaba, por fin, a un andén desde el que no se podía regresar jamás. Ahí pasaba un tren que no llevaba a ningún lugar. Uno subía en este sumido en la despreocupación de la rutina cotidiana del transporte interurbano sin darse cuenta de que acababa de introducirse en un vagón sin destino. O cuyo recorrido no era sino un mero bucle de paradas consecutivas que iban repitiéndose en una promesa recurrente de próximas palabras que, en realidad, no llevaban a ningún lugar. Por supuesto, dentro de ese dialelo infinito se podía bajar en cualquier estación pero ahí no hallaría más que una sucesión de pasillos predispuestos de tal modo que siempre volvían a llevarte de vuelta al mismo anden en que te habías bajado.

En estos corredores se podían encontrar escaleras mecánicas que subían hacia abajo o bajaban hasta arriba para devolverte al final al mismo lugar. Y, aunque se intentara recorrer los pasillos siguiendo minuciosamente los paneles orientativos predispuestos para tal caso, no se conseguía más que llegar de nuevo al mismo punto de partida en un laberinto circular de corredores, escaleras, galerías y halls.

Al final se estaba otra vez en el andén y no se tenía otra opción que volver a subir al siguiente tren que no haría más que llevarte a la próxima estación de la que tampoco se podría salir. Así que uno no tardaba mucho en darse cuenta de que había quedado atrapado en ese engranaje de túneles subterráneos al que llaman Metro y que en este caso era el infierno.

Del mismo modo, en los vagones de los trenes había otras personas que habían sufrido análogo destino y recorrían las interminables estaciones con la mirada perdida y sin llegar jamás a comunicar su desgracia a los demás pasajeros por la propia idiosincrasia en la comunicación del transporte público soterrado. Acataba así unas normas de viabilidad suburbana que le conminaban a estar de pie o sentados mirando vagamente el techo del vagón o los zapatos de los demás pasajeros o quizá con la mirada extraviada oteando el infinito entre los intersticios de las miradas de los demás. Cualquier lugar intermedio que les salvara de encontrarse con los ojos de algún otro pasajero donde pudieran caerse en infiernos aun más profundos que este.

Y así te los podías encontrar en el andén esperando, recorriendo pasillos, subiendo o bajando escaleras o consultando los mapas de las paredes que prometían un falso recorrido lineal y hablaban aun de una ciudad desconocida que transcurría por encima de sus cabezas indiferente a ellos. A la que algunos habían ya perdido la esperanza de regresar y aceptaban su trágico destino dejándose llevar por los trenes indefinidamente o viéndolos pasar sucesivamente desde el andén. Y de este modo habían dejado de buscar la inexistente salida de ese sitio y ahora tan solo esperaban a que pasara la eternidad.

Otros aun deambulaban de un sitio a otro a través de un manso frenesí de idas y venidas intentando hallar el pasillo definitivo que les devolviera a la superficie o procurando coger el tren adecuado que los condujera a la estación prometida al final del recorrido en que uno llega a su destino y este coincide con el lugar al que iba ese martes o jueves en que se introdujo por una boca del Metro con intención de llegar a otro lugar de la ciudad, que ahora ya apenas recuerda, sin saber que el Metro era un infierno del que no se podía regresar jamás.

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