La invención del sexo.

El sexo apareció en el planeta hace tan solo 700 millones de años y, en cambio, la vida existe hace más de tres mil. Por lo que en ese periodo de tiempo antes de la invención del sexo por parte de los seres vivos se vivió con la inquietud de que algo faltaba en el devenir de las cosas sin saber muy bien el qué. Los primeros organismos que tantearon la posibilidad de reproducirse sexualmente fueron unos microbios primitivos que les daba por rozarse constantemente y retozar los unos con los otros sin llegar al coito. Dichos microbios frotaban sus antenitas con fruición llegando a un cierto estado de excitación mutua para luego seguir cada uno por su camino a falta de mayor concreción teleológica del acto o desarrollo situacional. Milenios más tarde una especie de crustáceo que podía recordar un cangrejo actual empezó a tocar con una de sus pinzas que se había hiperdesarrollado zonas de su cuerpo por si mismo con insistencia y reiteración. Estas le resultaron erógenas hasta llegar a alcanzar un cierto grado de excitación de tal modo que dicho organismo hubiera podido idear por sí mismo la reproducción sexual si hubiera tenido a bien acercarse a alguna hembra de su especie las cuales también solían autoestimularse por sí mismas. Pero esos cangrejos sucumbieron al vicio del onanismo masturbándose en soledad cada uno por su lado hasta que dejaron de cazar, de comer, de huir de sus depredadores y se extinguieron sin más. Más adelante unos peces fotoluminiscentes poseedores de algo así como una protovagina y un protopene fueron los primeros en concebir la posibilidad de introducir una parte de su cuerpo dentro de otro individuo y ejecutar así una especie de danza ritual de apareamiento compuesta en mayor medida de reiterados movimientos espasmódicos. El orgasmo, sin embargo, no fue descubierto hasta que milenios más tarde un anfibio evolucionado directamente desde esos peces fotoluminiscentes comprobó con estupefacción como tras horas de llevar a cabo el ritual ancestral de apareamiento inerte sintió como todo su ser se estremecía, su cola se erguía en tirabuzón, sus pupilas se vasodilataban y toda la epidermis de su ser resplandecía en una sucesión de resplandores estroboscópicos hasta que de su interior brotó una semilla de si mismo que fue a parar a la boca del otro individuo con el que había estado copulando. De este modo, después de varias generaciones se consiguió adecuar el órgano receptor de dicha semilla eyaculada sin llegar, sin embargo, a extinguirse jamás el instinto depositador de la misma vía oral. En cualquier caso, el nuevo sistema de reproducción mediante procedimiento sexual se extendió rápidamente entre la demás fauna pululante por la faz de la tierra. Las múltiples ventajas y el placer con que esta nueva técnica procreativa se llevaba a cabo fue determinante para que en el mundo animal se empezara a fornicar en todas las especies y se copulara por todos los rincones del planeta y se continuara follando por los tiempos de los tiempos hasta la actualidad.

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