La mirada esquiva.

Todo empieza al salir de casa. El urbanita sufre la primera transformación y deja de ser la persona que sus familiares, amigos y allegados creen conocer y se refugia en la mirada esquiva, hacia ninguna parte.
Al subir al vagón de metro todo se complica aún más. Justo después de que se cierren las puertas automáticas y si el aforo es lo bastante concurrido empezará la temeraria huida de su mirada por entre los recónditos escondrijos del vagón. Su primer lugar de reposo será el panel de recorrido de la línea pertinente donde permanecerá a salvo durante unos instantes. Pero el urbanita sabe perfectamente que esa no es una ubicación permanente para su mirada y a los escasos segundos esta estará recorriendo de nuevo –perseguida como una rata- los recovecos de las paredes del vagón, luego trepará por el techo y al final acabará deslizándose por una de las barras de sujeción hasta uno de los respaldos de los asientos en el que está sentado una mujer hermosa por cuya silueta seguirá desplazándose la mirada del urbanita primero prendida de su cuello, luego acariciándole la espalda en un escalofrío que la recorrerá de arriba abajo hasta postrarse en su regazo por un segundo y de ahí dar un salto hasta el ademán gesticular de la muñeca del tipo de enfrente que consulta la hora en su reloj de pulsera que está marcando las doce y cuarto en el preciso momento en que la mirada del urbanita remonta el brazo de ese hombre por el mismísimo surco de una arruga de la manga de la camisa hasta la altura del cuello de la camisa desde donde se descuelga por su corbata azul dejándose caer sobre el pantalón de pinza por el que se deslizará a través del tobogán de la raya del pantalón para llegar, por fin, a postrarse en sus zapatos.
Ahí queda la mirada del urbanita quietecita por un instante. No más de unos pocos segundos para poder tomar aire y salir de inmediato antes de ser descubierta observado fijamente los zapatos de un desconocido por lo que no le queda más remedio que huir a través del pasillo del vagón entre chicles pegados al suelo y algún papel arrugado arriesgándose a la posibilidad de ser pisada por la gente que sube o baja del tren en cada parada. Nuevos pasajeros de los cuales ahora el urbanita solo puede conocer a través del calzado y su manera de andar. Y es así como con solo ver la forma de andar el urbanita puede extrapolar toda la biografía de cada ser humano. Pasan unas zapatillas de deporte usadas caminando livianamente, pasan un par de mocasines portadores de cierta elegancia, pasan unos zapatos viejos arrastrándose mansamente con decrepitud, hasta que finalmente pasan unos bellísimos zapatos de tacón caminando con tan inusitado glamour que la mirada del urbanita no puede resistir la tentación de remontar por el tacón hasta la altura del tobillo donde unas medias de nylon le conminarán a seguir subiendo a través de la costura que resigue el perfil de unas hermosas piernas de mujer que conducen hasta una escueta minifalda en cuyo culo se aferrará la mirada del urbanita con tanta intensidad que la mujer sentirá como si la manosearan y se girará de sopetón.
Justo en el instante en que la mirada del urbanita se volatiliza de repente para encontrarse de nuevo prendida sobre la tintineante lucecita que indica la parada que acaban de llegar en el panel del recorrido de la línea. Que es la parada en que el urbanita tenía previsto bajar con lo que deberá darse prisa en recuperar su mirada y dirigirse raudo a la salida del vagón antes de que cierren las puertas automáticas.

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