La probabilidad del amor.

El insigne matemático ha calculado la probabilidad estadística de un encuentro casual con la mujer adecuada para formar pareja y llevar a cabo un proyecto común en aras de la prosperidad individual de cada uno. Según sus cálculos si se observa la hipótesis de que tan solo una persona en el mundo está absolutamente predestinada para otra de forma recíproca habrá que dividir el conocimiento de una persona en concreto por el número N de habitantes del planeta que se adecuan a los parámetros de apareamiento de uno.
Al número restante se lo deberá penalizar debidamente respecto de la posibilidad de que dicha media naranja viva en algún lugar lejano por lo que el feliz encuentro tan solo podrá darse mediante el desplazamiento no sincrónico de alguno de los dos hasta donde se encuentra el otro.
De este ínfimo número ya de por sí bastante casual ha de restársele aún el número de veces en que hipotéticamente el supuesto hallazgo de la otra persona no termina adecuadamente en la mutua afinidad entre ambos. Cosa que puede ser debida a múltiples factores de fugacidad del mismo, falta de atención a las circunstancias, timidez mutua o simplemente porque sí.
A este infinitesimal número transfinito que el ilustre matemático todavía decide corregir a la baja aplicándole una constante fija de fatalidad propia en el bagaje habitual a la hora de encontrar pareja por el simple hecho de ser un hombre de ciencias, habrá entonces que añadir el factor de indeterminación humano por el que cualquier persona en concreto puede ser la persona adecuada si ambos se mentalizan de que el amor no es una ciencia o en caso de serlo seguramente sea de las más inexactas.
Así que después de meditarlo sincréticamente el célebre matemático decide rehacer sus fórmulas sopesando que, tal vez, de entre unas mil personas tan solo una sea lo suficientemente adecuada para él. De este modo postula que conocer a alguien es constatar el hecho de que tan solo haya una probabilidad entre mil de que sea dicha persona. A la vez, si se diera el caso de que justamente sea la persona que le corresponde habrá que tener en cuenta que para ella también tan solo hay una persona entre un millar que es lo suficientemente adecuada en su caso. Y no tiene porque precisamente ser él.
Así que la probabilidad de un encuentro fructuoso para ambas partes queda multiplicada, según un demasiado sencillo cálculo para tan ínclito matemático, de forma exponencial hasta instaurarse en una entre un millón.
Por lo que se puede extrapolar que se deberá conocer por lo menos un millón de personas en la vida para cerciorarse de que entre todas ellas se haya conocido a aquella persona en concreto a la que poder amar y, al mismo tiempo, poder ser amado por ella.
El conspicuo matemático sospecha entonces que dicho hallazgo puede o no puede darse con éxito debido, por una parte, a la improbabilidad estadística del mismo, pero también por la desazón con la que pueda desarrollarse la búsqueda ante la extenuación producida por tanta incompatibilidad. Además de por la posibilidad de que el ansiado encuentro se dé por concluido anticipadamente ante la aceptación reciproca de cualquier persona adecuada a la que, sin embargo, no le correspondamos o de cualquier persona a quien correspondemos que no fuera adecuada para nosotros o, incluso, ante cualquier persona.

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