Yoes.

Mi yo del pasado se lleva mal con mi yo futuro y le hace malas jugadas. Siempre que le es posible posterga los quehaceres y situaciones más desagradables para que hayan de ser resueltos por mi yo futuro. A veces, llega incluso a ensuciar cosas de forma voluntaria o desordenar ambientes con el único objetivo de que el otro deba limpiarlo u ordenarlo. También le deja todas las cuestiones burocráticas para que sean resueltas en el futuro cuando mi yo de entonces se vea obligado a hacerlo. Con el agravante de haberle extraviado papeles o guardado tan concienzudamente algún documento que ya nunca jamás vuelva a ser encontrado.
Mi yo del pasado odia tanto a mi yo del futuro lejano como a mi yo de un futuro próximo. Es por eso que muchas mañanas decide vestirse mal con ropa poco conjuntada entre sí, con pantalones que sabe que no le gusta ponerse, camisas cuyas mangas le van pequeñas o zapatos que le aprietan demasiado. Y se regocija pensando como más tarde en medio de algún acto social mi yo futuro maldecirá su imagen.
Porqué además mi yo del pasado concierta citas a las que sabe a las que sabe que mi yo del futuro no querría ir. Y se compromete a presentarse a reuniones aburridas, situaciones embarazosas o encuentros amorosos con mujeres que no son de su agrado porque sabe que quien tendrá que hacer acto de presencia será mi yo del futuro al que tanto odia.
Pero no contento con amargarle la vida a mi yo pretérito le gusta comunicarse con mi yo futuro para hacerle saber sus opiniones sobre él. Es por eso que le deja notitas escondidas en lugares como dentro del tarro de azúcar, en el bolsillo del pantalón, dentro de la cartera, en el espejo del baño y algún otro lugar concurrido de manera frecuente por tanto por mi yo de un futuro reciente. Con indicaciones tales como: “Eres un idiota” o “te odio” o frases injuriosas del tipo “Tonto el que lo lea”. Para luego guardar otro tipo de mensajes en lugares más recónditos e insospechados como el falso fondo de esa cómoda, en los anversos de los cuadros de la pared, encima de algún armario o entre las páginas de un libro que no tengamos previsto leer en mucho tiempo o cualquier otro sitio inhóspito al que difícilmente acostumbremos a acceder con la finalidad de que dichas notas sean encontradas por un yo de un futuro lo suficientemente lejano como con el que nos sea más difícil identificarnos y por ende odiar. En estas notas pone: “Perdóname”, “Me arrepiento mucho” o “No me odies”. Y es por eso que quizás su cometido es no ser encontradas nunca.
De todas formas, como el odio tiende a ser recíprocamente correspondido pronto mi yo futuro aprendió a retribuir la animadversión procesada por mi yo antiguo hacia él. Por lo que siempre que podía contaba a los demás los defectos que mi yo pasado tenía y los errores que este había cometido. Lo menospreciaba en público e, incluso, llegaba a inventar cosas malas que presuntamente este hubiera cometido a fin de dejarlo en evidencia a los ojos de la gente.
Por su parte, a mi yo del presente todo esto le parece safio y deleznable. Y le toca sufrir en su día a día los estragos provocados tanto por su yo anterior como por el posterior. Aunque en el fondo sabe que quizás tanto uno como otro no dejen de ser el mismo. Y espera que algún día sus yoes consigan alcanzar algún tipo de provechosa reconciliación.

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