El duelo.

Empieza el partido y los contendientes, cada uno dispuesto en su lugar, están preparados para librar la batalla. Antes ya de que la pelota empiece a rodar han predispuesto todos los ornamentos y amuletos que les conducirán a la victoria. Uno acaricia un talismán con forma esférica, mientras que el otro siente la presión de la goma elástica de los calzoncillos que siempre se pone para que le den suerte en este tipo de duelos.
En sus sendas pantallas de televisor separadas en la distancia sus respectivos equipos empiezan a jugar el otro partido en que los jugadores también se esforzarán por alcanzar la gloria sin saber que todas sus acciones serán inocuas sumidos como están en el mecanismo ulterior guiado por nuestros contendientes que rige su destino.
Así que lo que verdaderamente importa es que ahora uno de ellos cruza sus manos con fuerza para que la jugada que ejecuta su equipo dentro del área rival acabe en gol. El otro, por el contrario, se ha puesto de pie con el objetivo de que mientras él permanezca erguido su equipo no habrá de encajar ningún tanto en este lance.
Su estrategia funciona y la defensa consigue despejar el balón que ahora circula rápido en fulgurante contrataque hacía el terreno rival. El jugador que conduce el balón cree ser el dueño de su velocidad e ímpetu sin sospechar que su carrera depende del anhelo con que su seguidor sujeta el lóbulo de su oreja izquierda en aras de propiciar el éxito del envite. Sin embargo, ya el seguidor del otro equipo está de rodillas frente al televisor para frenar mediante su deseo esa intervención. Y su esfuerzo resulta fundamental para desviar telequinésicamente el centro del atacante que de esta forma se pierde más allá del fuera de banda.
Luego las jugadas se van sucediendo en una alternancia continuada que constata la equidistancia de las fuerzas que ponen en juego los dos contendientes. Así, si uno cierra los puños con todas sus fuerzas para ayudar a su equipo, el otro agarra con fuerza los brazos del sofá para hacer lo mismo con el suyo. Si uno cruza los dedos en un córner hasta propiciar un remate de cabeza, el otro cierra los ojos con fruición hasta conseguir que la pelota vaya al palo y salga fuera. Si uno de los contendientes en un ataque desesperado consigue que piten penalti en una caída dentro del área subiéndose encima de la silla, el otro logrará que el portero pare la pena máxima pellizcándose el abdomen con dos dedos.
Cada acción de uno es contrarrestada en la distancia por una acción del otro en una igualdad de fuerzas que se neutralizan entre sí. Pero justo entonces uno de los contendientes que ya ha tomado varias cervezas no puede aguantar más y ha de ir al baño. Y mientras corre frenéticamente por el pasillo de casa dejando solo a su equipo, el otro aprovecha dicha ausencia para que el suyo marque gol con tan solo rascarse la nariz.
Los jugadores se abrazan y celebran la victoria que casi es definitiva por la cercanía del final del tiempo reglamentario. El otro equipo se siente abatido por permitir tan cerca de las postrimerias del partido haber encajado un gol tan absurdo sin saber que su destino aciago no tiene otra causa que el límite de aguante de la vejiga de uno de los contendientes que regresa ya del baño y observa su derrota en el duelo fratricida mantenido a distancia y con desconocimiento mutuo absoluto de ambos con su ancestral oponente.
El partido sigue no obstante y mientras que para el seguidor del equipo que va delante en el marcador los minutos pasan lentamente en dirección al final del encuentro por el miedo a que el rival pueda empatar, por parte del seguidor del equipo contrario el tiempo transcurre veloz y efímero hacia un desenlace inevitable si no media un milagro.
Con su último aliento el contendiente del equipo que va perdiendo promete subir una montaña descalzo si su equipo logra remontar. Su rival, al que el tiempo le pasa tan lentamente que está a punto de detenerse, promete en un último arrebato que se teñirá el pelo de color rosa si su equipo alcanza la victoria.
Pero por un momento pasa por su cabeza que en realidad no ve necesario cumplir dicha promesa debido a lo imposible que resultaría que el otro equipo diera vuelta al resultado. Y ese instante de flaqueza será suficiente para que el rival remonte imprevisiblemente marcando dos goles en apenas dos minutos del tiempo de descuento.
El árbitro pita el final, los contendientes sucumben a sus respectivas emociones antagónicas en la distancia. Así mientras uno disfruta del júbilo de la victoria in extremis, el otro se desmorona ante el sinsabor de saberse finalmente derrotado. Los dos han mantenido un duelo apoteósico de vencedores y vencidos quedando más allá del resultado el recuerdo de un encuentro memorable del que las crónicas deportivas destacarán la épica de unos y la desgracia de otros sin prever que todo aconteció en un plano diferente regido por ademanes, poses, alivios de vejiga y promesas rotas.

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