Manual de bolsillo de la ciudad infinita.

Ahí quedaron registradas sus palabras aquella tarde en los registros akásicos de todas las conversaciones. Junto a la taza de café, el platito, la cucharita, el tintineo de la cucharita, la mesa cuadrada de ese bar, el bar en sí, las sillas, la madera con que estaban fabricadas las sillas y la mesa, los árboles de los que esta procedía, los sueños inconclusos del leñador que los derribó.
Ahí justo en medio sus palabras y alrededor la ciudad con sus interminables calles recorridas en sentido aleatorio zigzagueante, con sus aceras, sus transeúntes, sus coches, motos y autobuses con sus horarios pertinentes y sus asientos numerados y todas las personas que algún día los ocuparon y sus números de DNI, color de ojos y anhelos de futuro.
Luego, las casas donde estos viven, los portales, los números de los portales, las calles a las que pertenecen, los mapas en que estas aparecen dibujadas, el cartógrafo que los trazó, las fotografías que cuelgan en las paredes de su despacho, la gente que aparece en dichas fotografías y los pensamientos que en ese instante tuvieron. También todo lo que pensaron, dijeron y sintieron a lo largo de toda su vida.
La gris rutina de las aceras, el ángulo de las esquinas, la ubicación exacta de las papeleras, de las farolas, de los semáforos, el sincronismo aletargado de su alternancia cromática. Los días de lluvia, los paraguas abandonados, la onomatopeya que define cada gota de lluvia contra el suelo, el reflejo de la ciudad en cada una de las gotas dentro del que se incluye de nuevo el reflejo de cada ciudad reflejada y otra vez de todas las gotas en las que se refleja interminablemente todos los reflejos sucesivos en el punto de fuga de la refracción misma.
Los gatos que cruzan las cornisas, las lunas que en cada uno de sus instantes alumbraron la noche, las pupilas de todos los amantes en todos los momentos álgidos del placer, todos los poros de todas las pieles, los innumerables besos, todas las promesas cumplidas e incumplidas, las melancolías y soledades adyacentes.
Las noticias de los periódicos, todas las palabras de los crucigramas, los pasos de cebra, las alcantarillas y su inexpugnable laberinto subterráneo. La mirada de los maniquís en los escaparates, todas las modas pasajeras, todos los botones caídos de todas las camisas, el cómputo global de todas las rayas de las camisas a rayas, todos los topos de los vestidos a topos.
Los calendarios, los relojes y cada uno de los instantes que marcaron. Todos los latidos de los corazones, todas las células que los compusieron, todos los átomos de que estuvieron hechas. Los enamoramientos, los cromosomas, los árboles genealógicos, las defunciones. Todos los estertores de los moribundos, todos los vahídos de los recién nacidos y todos los gemidos de placer. Cada silencio, cada palabra dicha, cada cosa.

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