Captotrofilia.

Desnuda en el baño se miraba constantemente en el espejo buscando cualquier imperfección. Reseguía con su mirada la comisura de sus labios, el contorno de sus ojos, la punta de su nariz, el pelo, las orejas, sus mejillas y el mentón. Luego bajaba inspeccionando su propio cuello hasta los hombros. Se miraba los pechos, las caderas, las piernas, el mismísimo ombligo y no dejaba ni un resquicio de su cuerpo por investigar a ver si hallaba defectos o fisuras de sí misma.

Cuando terminaba seguía observándose insistentemente en el espejo de la habitación mientras se vestía. Antes de salir de casa se miraba largo rato en el espejo del recibidor. Mientras bajaba en ascensor no perdía de vista su imagen multiplicada indefinidamente en los espejos encarados que había en este.

Ya en la calle no cesaba de observarse en todos los reflejos de sí misma que encontraba por el camino. En los cristales de los escaparates, en los retrovisores, en los espejos cóncavos de las encrucijadas espiándose constantemente. Si al otear el horizonte no veía ninguna superficie reflectante al alcance de su mirada llegaba, incluso, en su desesperación a observar con fruición su propia sombra reflejada en el suelo. Entonces, no perdía detalle de la misma y sus peripecias arrastrándose por aceras, paredes y pasos cebras mientras buscaba algún bar en el que pedir un café solo por entrar simplemente a mirarse en el espejo del baño o alguna tienda de ropa en la que con la excusa de probarse cualquier horrible prenda pudiera entrar a mirarse en los probadores.

Para, luego, al salir, seguir mirándose de reojo en las vitrinas, en las ventanas de las casas y en las lunas de los coches escudriñándose conspirativamente. O mirar su sombra alargándose a medida que avanza la tarde u observar su enano reflejo en la brillante carrocería de algún auto.

Mirándose de soslayo y de refilón, de perfil y de frente, disimuladamente, oblicuamente. También divisarse, contemplarse, admirarse y ojearse. Fijamente y sin pestañear. Con una mirada penetrante, profunda e inquisitiva. De forma visual, óptica, ocular y oftalmológica. Estando al acecho de sí misma, expectante y fisgona de cada una de sus acciones, de cada uno de sus gestos y visajes. Intentando encontrar algún defecto casi imperceptible en su reflejo.

Y así fue como un día al volver a casa y de nuevo observarse en el espejo infinito del ascensor encontró la distorsión que había estado buscando. Se dio cuenta que en una de las imágenes concatenadas de sí misma su peca de la mejilla derecha estaba en la mejilla izquierda. Y es así como por fin descubrió que su imagen no era perfecta.

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