La ciudad inexistente.
Esa ciudad dejó de existir por prerrogativa del ayuntamiento. Le cambiaron el nombre para que nadie la pudiera encontrar y tergiversaron los mapas y las crónicas. Quitaron las señales de las carreteras que indicaban como se podía legar hasta ella y cancelaron todos los itinerarios de los trenes, vuelos de avión y líneas de autobuses que la frecuentaban.
Pintaron las fachadas hasta hacerlas irreconocibles, cambiaron de lugar los semáforos y de sentido los números de los portales. Los pares eran ahora los impares y las calles que iban ahora venían y las aceras derechas se convertían así en aceras izquierdas con tal de despistar al cielo que ahora estaba como abajo mientras ahí arriba resplandecía un suelo radiantemente pavimentado.
Los habitantes eran remplazados con la excusa de sus propias muertes por otros nuevos habitantes a los que hacían nacer o llegar de improvisto con los ojos vendados tal que no pudieran saber dónde habían llegado y apenas de donde procedían.
También fue transmutado el eco de las esquinas hasta conferirle una tonalidad diferente a la que siempre lo había definido. Las palabras de los transeúntes fueron remplazadas por otras que querían decir lo mismo –o sea, nada- pero estaban construidas por letras distintas o, si eran las mismas, al menos sonaban totalmente diferentes.
La arquitectura fue remodelada y las costumbres aplacadas. Las tradiciones y festejos fueron sumidas en una confusión buscada que tanto en general a través de la subyugación a nuevos días festivos como en las efemérides personales en las que, por ejemplo, se pasó de celebrar el día del cumpleaños respecto de la fecha del nacimiento a llevarlo a cabo a nivel retrospectivo en la del día del fallecimiento. Se celebraba la conmemoración del divorcio en vez de la del matrimonio. Y a nivel general la del fin del mundo en vez de alguna efeméride ya sucedida.
Los suvenires fueron abolidos, las fotografías de recuerdo de los lugares emblemáticos fueron prohibidas, para luego prohibir los recuerdos y más tarde se prohibieron directamente las vivencias memorables. Finalmente, se prohibió vivir en la ciudad.
Ahora nadie habla de ella y, en realidad, nadie sabe que existió. No es más que el reducto
del delirio de una ciudad hipotética que nunca aconteció. Sus calles vacías jamás fueron recorridas por transeúntes que jamás la habitaron y sus fachadas tras la herrumbre de la nada no llegaron a devolver el eco del silencio de las pisadas vacías que nunca deambularon sin destino por entre sus aceras.
Y el mundo siguió, como si nada, con una ciudad menos en la que no poder existir.

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