El héroe y el talismán.

Un hombre es retado a encontrar el talismán de la eternidad que está oculto en medio de un laberinto indescifrable lleno de peligros del que nadie ha regresado jamás. El héroe emprende la búsqueda desdeñando los riesgos o tal vez decide no entrar en el laberinto y aguardar en la primera sala haciendo creer que arriesga todo para regresar luego sin haber alcanzado la meta pero con el doble logro de permanecer con vida y ser considerado un valiente a los ojos de los demás.
Si finalmente, a pesar del miedo, decide adentrarse en el intrincado embrollo de corredores y bifurcaciones pronto se verá obligado a optar por un recorrido lleno de angostos precipicios u otro más practicable. La elección del itinerario más sencillo dota al hombre de cierta garantía de integridad física mientras que el otro le permite augurar por su dificultad que sea el escabroso camino que conduzca al preciado talismán que nadie ha podido alcanzar.
Y entonces quizá el héroe se ve de nuevo obligado a decidir entre salvaguardar lo máximo posible su vida o arriesgarla en pos de una hipotética gloria. Si finalmente elige el sendero menos dificultoso seguirá adelante sin mayores tribulaciones, pero si eligiera el camino tortuoso rodeado de abismos no tardará más adelante a encontrar un extraño ser inmortal que habita al final del mismo y es el guardián del anhelado talismán.
Este premiará su valor revelándole el lugar en el que se haya escondido dicho amuleto. La trampa es definitiva, pues el talismán existe y confiere la inmortalidad, pero al mismo tiempo resulta inalcanzable pues todo aquel que intente usurparlo ha de morir sin llegar a lograrlo nunca. Porque el camino recorrido hasta el extraño ser inmortal no es reversible y su transito inverso es mortal.
Advertido de esto el hombre no tiene sin embargo ninguna otra opción que intentar el regreso. En esa empresa pronto morirá. Cree entonces que tal vez hubiera sido mejor elegir el camino menos tortuoso que, sin embargo, no conducía hasta la revelación del lugar en que está oculto el talismán. Pero se equivoca, pues si realmente eligiera ese sendero igualmente moriría al verse inmerso en un recorrido indescifrable de ramificaciones inescrutables que le harían vagar de forma indefinida perdido en medio del laberinto.
Quizá entonces sospecharía el hombre que la mejor elección hubiera sido la cobarde decisión de esperar escondido en la primera sala aguardando pacientemente el paso del tiempo para resguardar su vida de los peligros con el único objetivo de parecer un valiente héroe a los ojos de los demás en su regreso infructuoso pero incólume del que ahora podría volver y explicar quizá que debió elegir entre fatídicos caminos o itinerarios laberínticos de los que nadie podría regresar con vida en los que acaso le fue revelado el lugar en el que se oculta el talismán. Justo a unos metros de la entrada enterrado bajo sus pies tal y como le desveló ese extraño ser al más valiente de los hombres que habitan en él. Mientras que ahora el más cobarde -consciente del secreto revelado- aprovecha para desenterrarlo con no demasiado esfuerzo y regresa triunfal con el objetivo alcanzado para llevarse honores, gloria, fama y vivir eternamente poseedor inmerecido del fantástico talismán.

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