Sobre un barquito de vela en alta mar.

Desde la perspectiva de su mirada llegan por hordas fasciculadas los elementos de la casa. Las paredes delimitadoras, los libros en las estanterías ordenados por un azar bibliomántico indescifrable, las sillas en ángulos romos o bisectriz alrededor de la paciente mesa que acepta taimadamente su función de superficie contenedora de: un jarrón con flores de plástico, unas monedas, papeles unidos con un imperdible y una copa de vino con una rosa de carmín impregnada en su fino borde de cristal.
A su lado, sobre la pared un cuadro horrible abre una nueva perspectiva ficticia a través del horizonte de un paisaje marítimo sobre el que se perfila un barquito de vela. Las líneas pictóricas denotan la inexperiencia o, más bien, mediocridad inexpugnable del artista. Ese cuadro fue creado unos días antes de que decidiera dejar de pintar para siempre ante las críticas exageradas de su mujer que continuamente lo conminaba a buscarse un trabajo digno y dejar de obcecarse en su faceta vagamente artística.
La mujer ignora eso sí que la mancha oscura de dos cuerpos que apenas se distingue sobre la cubierta del barquito de vela del cuadro que está en la pared son ella misma y su marido a bordo del velero que jamás tendrán en la vida que nunca ya han de vivir.
Las sombras se mueven sutilmente y se abrazan mientras observan el mar reflejar un sol poniente que abre un abanico de magentas y escarlatas sobre el horizonte pictórico que los ampara. Más allá del marco, sin embargo, está la humedad irremediable de las paredes adyacentes, a pesar de que por ahí no pasa ninguna tubería. Las sillas desordenadas como si hubiera habido alguna discusión y los papeles sobre la mesa en cuyo texto se explican los motivos del divorcio por desavenencias irreconciliables.
En la puerta aún resuena el golpe de la última vez que alguien salió. Las arrugas de la cama denotan que en ella está noche ya solo durmió una persona en cuyas pesadillas un desierto de arena se extiende indefinidamente más allá de unos pasos que no dejan huella en dirección a la nada.
Al despertar llevará arena en los bolsillos del pijama. Pero es solo otro sueño más del que despierta en los brazos de su amada sobre la cubierta de un barquito de vela en medio del mar. Un mar cuyo crepúsculo aberrante reflejado sobre las olas se ve ahora sumido en una lluvia de gotas de rubíes oscuramente rojos al unísono que desde el cielo ruge un estruendo seco como un trueno apocalíptico o el sonido seco del disparo de un revolver a bocajarro en la sien.

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