El átomo de la historia.

El átomo que cruza la historia y va de la punta del sombrero de Napoleón a formar parte de una uña de Tiranosaurus Rex. El mismo que también ha formado parte de un retal de uña de tu pie izquierdo y, más tarde, surcó el aire de tu habitación montado en una partícula de polvo.
El mismo átomo que fue cristal de hielo posado sobre el alpinista que alcanzó primero la nevada cima del Everest. El que cayó siendo parte de una gota de agua en medio de una lluvia de otoño sobre el asfalto de una ciudad cualquiera. Él que un día fue granítica chispa de la que brotó el primer fuego de los cavernícolas, el que también fue tinta de imprenta de guttenberg y acabó en medio del punto de una i. El que viajó al Nuevo Mundo siendo pestaña de Cristobal Colon, el mismo que fue y regresó de la Luna en medio de las entrañas de Neil Armstrong. El que también estuvo en el interior del cerebro de Albert Einstein siendo pensamiento que llevaría a la Teoría de la Relatividad. Ese que fue pisado por el caballo de Atila una mañana en que era hierba impregnada de rocío al albor de una batalla sangrienta.
Ese mismo átomo que fue pus y fue sudor, que estuvo en riñones y páncreas y fue respirado tantas veces por tantísimos pulmones de personajes históricos y seres anónimos. El mismo que luego fue expulsado de esos organismos exudándolo o defecándolo o transmitiéndolo a través de un beso o dentro del adn de una gotita de semen.
Ese átomo que por un devenir inefable estuvo tambien en el inhospito interior de una bomba atómica y transmuto en hongo radiactivo para surcar el cielo. El que después transitó de nube en nube creando variopintas formas de ovejas. El mismo que siendo brisa entró por la ventana de un palacio hasta erizar la piel de Maria Antonieta.
Ese átomo que fue petróleo y luego polución, que fue un primaveral rayo de sol y luego una flor, que fue corazón palpitante y después residuo que surca las alcantarillas hasta el mar para convertirse en pez. Que fue polvo interestelar y arena de desierto. Que fue reducto del Big-bang y aroma de pan recién hecho.
El átomo imperceptible que se oculta ahora en el humor vítreo de tu mirada mientras de algún modo retumban aun a su alrededor los estruendos de los cañones de Watterloo.

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