La invención imposible.

Los científicos más insignes del planeta fueron reclutados y recluidos para indagar sobre la naturaleza del lenguaje y los fenómenos que de este pudieran desprenderse.
Analizaron miles de palabras millones de combinaciones elucubrando sobre cada significado y computando infinidad de datos con el fin de poder teorizar nuevas soluciones para el uso del lenguaje en su sociedad altamente tecnológica pero claramente en decadencia.
Los estudios pronto se basaron en anomalías observadas en el laboratorio como lapsus linguae provocados en los sujetos sometidos a estudio mediante la introducción de una palabra de un campo semántico totalmente arbitrario mientras estos leían un listado de palabras afines. Esto provocaba en algunos casos que el sujeto profiriera expresiones como silla-caracol o manzana-melancolía que rápidamente eran analizadas por los sistemas computacionales en busca de múltiples significados que jamás acababan de ofrecer una respuesta coherente y compacta.
Se estudiaron sin éxito el comportamiento de las ondas cerebrales de individuos sometidos a escuchas de oraciones con los elementos del discurso alterados. A otros se les leyeron frases cuyo significado era el contrario de las imágenes que se les hacía visualizar al unísono.
También se llevó a estudio la desintegración semántica de una palabra mediante la repetición sistemática de la misma por parte de algunos de los sujetos hasta que dicho vocablo perdía totalmente su significado para pasar a ser unos meros fonemas que resonaban sin sentido por entre los algoritmos que intentaban entender que sucedía con esa información que parecía haber desaparecido sin dejar rastro.
Los científicos confinados continuaron trabajando luego con estudios de campos que les traía el comité para el esclarecimiento del lenguaje en los que constataban experiencias vivenciales de miembros de la sociedad que habían declarado sentirse como imbuidos por fenómenos extraños acaecidos por un uso ilógico de ciertas expresiones.
Así, un señor confesó haber empezado a palpitar exageradamente y a ser poseído por cierto frenesí ante la lectura en voz alta de la lista de la compra. Asimismo, una pareja de enamorados explicaron que sucumbieron a ciertos matices inesperados del lenguaje al redactar sendas correspondencias entre ellos en un lapso de tiempo en que tuvieron que separarse forzosamente. Arguyeron haber sentido la necesidad de comparar la distancia que les separaba con conceptos análogos de carácter náutico sin que en realidad estuvieran separados por ningún mar o extensión acuática remarcable.
Del mismo modo, se estudió ciertos rasgos lingüísticos extraños producidos en la protoescritura primigenia de niños que acababan de aprender a escribir. Se constató en este caso que el uso incorrecto o, al menos, estocástico de ciertas palabras profería expresiones de dificil analisis sintáctico, semántico y gramatical.
Siguiendo estas indagaciones se propuso un logaritmo que creara una oración de forma totalmente aleatoria respecto al uso convencional del lenguaje. La frase resultante fue la siguiente: “Las luciérnagas esculpían verdes tristezas en el amargo”. Pero por mucho que los científicos intentaran desentrañar el significado de esta expresión no lograban encontrárselo. Argüían unos que por su estructura antropomórfica las luciérnagas eran incapaces de esculpir mientras que otros se centraron en estudiar la imposibilidad de atribución cromática a un sentimiento humano para postular que una tristeza nunca podía ser verde. En ningún caso tampoco nadie supo como ubicar ni una cosa ni la otra en un lugar que fuera un sabor.
En este sentido, los datos que se desprendían de los ordenadores no proponían ninguna explicación coherente ante tales fenómenos que pronto fueron catalogados como anomalías sin importancia del uso legitimo del lenguaje. Los lingüistas siguieron estudiando las leyes involucradas en la comunicación durante décadas hallando múltiples funcionalidades desconocidas hasta entonces, pero sin que ninguna de estas sirviera para que su sociedad pudiera salir de la decadencia en que se hallaba sumida.
Pasó el tiempo y esa civilización se desmoronó hasta quedar postergada al olvido. Nada más se supo de esos científicos que no pudieron alcanzar a proponer una solución lingüística a sus congéneres que pudiera salvar a ese mundo en que jamás llegó a concebirse la existencia de la poesía.

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