FIAT LUX! 
Y se hizo la luz. Un fulgor inenarrable apareció desde un ínfimo punto de máximo resplandor y abastó el universo al mismo tiempo que quizá lo estaba creando.
El cosmos era un haz lumínico que se estremecía en estruendos e inflacionaba por doquier. Luego, una vez algo atenuada su intensidad inicial la luz se coordinó en las primeras estrellas reductos de la necesidad de unión de las partículas lumínicas o partículas en general. Y aunque más tarde esos precipitados astros morirían en su agónica prisa, dieron en conformar aquellos elementos de los que estaríamos compuestos nosotros en un futuro.
De momento, con el tiempo nacieron nuevas estrellas y una de ellas se llamó Sol. De este se prendió un planeta al que llamarían Tierra en el que habitaron algunos de esos seres cuyo material que los componía estaba hecho de esas primigenias estrellas. A esos seres bien pudiera ser llamarles humanos.
Ellos fueron devotos amantes de la luz, tanto que aprendieron a recrearla a voluntad en hogueras y antorchas para vencer el miedo de la penumbra de la noche. Y al mismo tiempo, seguían mirando al cielo para intentar comprender los patrones lumínicos que este les configuraba en forma de estrellas nocturnas, soles, lunas, eclipses y crepúsculos varios.
Y mientras se juntaban alrededor de esas hogueras y fueguitos a contar historias de seres que robaban el fuego de los dioses o hombres que intentaban alcanzar el sol en caballos alados. Algunas de esas historias con el tiempo fueron elaborándose de tal forma que se puedo comprender ciertos mecanismos de la luz y atraparla en circuitos electrónicos hasta domesticarla. O al menos eso creyeron.
Y fue uno de esos seres que un día se imaginó cabalgando a lomos de un rayo de luz y moviéndose a la velocidad de la misma observó cómo se detenía el tiempo y que todo desde entonces se volvía relativo.
Más aun cuando otro de esos nuevos contadores de historias junto al fuego observó como una única partícula de luz estaba en varios lugares a la vez. Volvíamos, de ese modo, a incomprender la luz. Y ya no entendíamos si era ella que viajaba tan deprisa o éramos nosotros que estábamos demasiado quietos, si iba o venía, si se reflejaba en nosotros o éramos nosotros que emitíamos nuestros deseos e historias inventadas sobre ella.
Y no volvimos a entender las estrellas, tampoco los ojos que las miraban y ni siquiera el resplandor del culito de las luciérnagas. No entendíamos la luz a pesar de estar compuestos por ella o precisamente por esto. Éramos luz opaca en punto ciego de nuestra mirada. Pero seguimos reuniéndonos alrededor de millones de fueguitos por toda la faz de la tierra a seguir contando historias de la luz. Y a pesar de saber que quizá no alcanzaríamos a entenderla nunca, admirando su sencillísima belleza

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s