Sombras de Hiroshima.

La mañana del 6 de agosto de 1945 el hongo de fuego y humo surcó el cielo de Hiroshima. Irradiaba en su fulgor la derrota del hombre a manos del átomo cuando cuerpos humanos se desvanecían en medio de la nada. Mientras allá a lo lejos se veía huir el Enola Gay.
Llamaradas de rayos X y rayos Gamma devastaban una ciudad rendida al efecto catártico del plutonio enriquecido que aniquilaba calles por las que habían paseado parejas de enamorados, escuelas donde niños habían aprendido a leer, bancos en los que se había sentado algún anciano a contemplar las nubes multiformes de un cielo que ahora sopesaba la impasible forma del hongo de veinte kilómetros de altura.
Luego, mutado en lluvia radioactiva impregnaría de melancolía las ventanas de las casas de familias convencionales, regaría los jardines por los que paseaban taciturnas personas en sus días tristes, cubriría de rocío la hierva de los caminos por los que se iba al cementerio a visitar a los muertos. Y más tarde, vientos nucleares arrullarían cabelleras mecidas por amantes en días de pasión.
Todo dejado atrás por la mediación del hongo filantrópico que redime a la humanidad de su lucha con el día a día mientras se esparce y se eleva sin compasión dejando tras de sí las siluetas del desvanecimiento de los viandantes sobre la pared, dejando tras de sí, tan solo sombras de Hiroshima.

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