La ciudad prohibida.

Prohibieron una ciudad, nadie la podía habitar. Prohibieron pasear por sus avenidas, por sus calles, tanto por el asfalto como por las aceras. Prohibieron hablar en sus recovecos, prohibieron dormir en sus camas y prohibieron soñar en cualquier lugar y a cualquier hora y a cualquier persona y en todo tipo de sueños.
La ciudad quedó prohibida del todo. No había acto que no estuviera castigado con grandes penas, todo era delito y cualquier acción estaba penada. Estaba prohibido mirar con lascivia, mirar con tristeza, mirar con ira, pero también con piedad. Se prohibieron las miradas en general y todos éramos ciegos. Luego se prohibió la ceguera y más tarde los pestañeos y también los parpadeos. Se prohibieron, por supuesto, las lágrimas y así se empezaron a prohibir las emociones que en realidad habían estado prohibidas desde siempre. Se prohibió tanto alegría como tristeza, se prohibió toda la gama de afectaciones emocionales tanto externas como internas.
De ahí a que se prohibiera sentir solo hubo un paso. Y luego se prohibió pensar, aunque eso no afectaba tanto, porque ya nadie pensaba en nada solo se discernía sobre estar atento a no llevar a cabo los actos que estaban prohibidos.
Así que se prohibió dejar de intentar hacer cosas que no estaban prohibidas porque esto acarreaba tener que promulgar más leyes coercitivas para intentar prohibir todo absolutamente. Y se prohibieron las nubes y se prohibió el cielo, se prohibieron amanecer y atardeceres y se prohibió el subsuelo, se prohibieron los pájaros y las hormigas, se prohibió llevar sombrero, se prohibió ir descalzo y también ir calzado, se prohibieron las suelas de los zapatos y se prohibió escribir poemas, pero también leerlos, pero también pensarlos, e, incluso, anhelar su ausencia o sentirse satisfecho por su prohibición.
Se prohibieron los anhelos y las dudas y el desamor, se prohibió cualquier cosa que pudiera ser susceptible de ser prohibida y la ciudad permanecía impecable y normativizada, toda constituida en una suerte perfección impertérrita que la constituía como tal. Con sus semáforos prohibidos y sus ventanas negadas y sus puertas en las que estaba prohibido entrar, pero también salir. Sus fachadas vetadas, sus habitantes proscritos, sus calles inmovilizadas y sus pisadas paralizadas, con los ecos de los pasos de los transeúntes denegados. Y los saludos impedidos, y los abrazos denostados y el porvenir ilegalizado y el destino de la ciudad denegado.
Era la ciudad prohibida del todo. Hasta que un día alguien propuso prohibir el prohibir y entonces se pudo hacer todo.

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