El regalo.

Regálame tu cuerpo, por tan solo un rato. Te lo devolveré emancipado, te lo devolveré constituido, aunque algo consternado. Te lo devolveré libre de pesadillas. Sera un cuerpo evolucionado, adaptado a los nuevos tiempos y homologado dermatológicamente contra el virus patógeno de la soledad.
Tu cuerpo regresará a ti ausente de culpa y desamparo. Se amoldará perfectamente a tu contorno y encajará en tu destino. Tu cutis estará más terso, tus ojos brillarán más y tu mirada será más nítida. Tus dientes estarán más limpios y tu oído estará más afinado. Tendrás mejor salud y tu mente estará más despierta, más avivada y receptiva a los sentidos. Serás mejor persona, porque vivirás en un cuerpo mejor.
Y será mejor porque me lo habrás ofrecido y yo lo trataré con suma devoción, tal como merece la orografía de tu piel, tu paisaje de pintura expresionista, la carena de tu silueta, el amanecer de tus pupilas en cada parpadeo, la cúspide de tus pezones, el abismo de tu ombligo y tu crepúsculo en flor.
Regálame tu cuerpo, a cambio de mi cuerpo en tu cuerpo siendo un solo cuerpo bicéfalo por un rato. Y al regresar. Seremos mejores, seremos libres. O, al menos, el mundo fuera de nuestros cuerpos unidos y entrelazados será un lugar un poco peor al que habremos regresado. Y tal vez eso sea, por comparación, lo que nos hará sentir tan bien.

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