Anticipación del otoño:
El otoño propone un 14 de septiembre el anticipo gozoso de su ciénaga de melancolía. Alguna hoja seca cruje bajo mis zapatos, algún pájaro migratorio precoz pronostica el advenimiento estacional y yo siento que ha muerto otro verano y que se avecina el frio invierno a pesar de que en la cafetería en la que estoy escribiendo estas palabras se nieguen a servirme un chocolate caliente alegando que en verano no hacen por la falta de demanda del caluroso producto y que por tanto no me pueden servir.
Pero, a uno que el otoño le suele llegar siempre de improviso y sin ampararse en obtusos calendarios y en prerrogativas gubernamentales que nada tienen que ver, a veces, con las otoñales sensaciones de mustio languidecimiento introspectivo, esto no le parece del todo lógico.
Pero, ¿no podría, si fuera usted tan amable, hacer conmigo una excepción si, como deduzco de sus palabras, el único requisito ausente para la elaboración del susodicho chocolate caliente es la llegada oficial del periodo otoñal, pues por lo que parece los ingredientes necesarios para elaborar el producto obran en su poder?
Y así es como, mientras frunce el ceño la pseudo-amable camarera ante tamaña insistencia a mi parecer innecesaria a su parecer, se le suma al incumplimiento estacional el hecho de que a determinado tipo de clientes con determinadas actitudes perseverantes hay que negarles siempre la razón.
Y llegado este momento la semi-simpática camarera lanza una esporádica mirada hacia un hipotético cielo de lamentos y quebrantos mientras tamborilea a modo de indisimulado apremio el bolígrafo que lleva en una mano contra el bloc de notas que aun impoluto aguarda en la otra la petición pertinente.
Pues si no puedo tomar un chocolate caliente… mmmmmm… ahora no sé qué pedir. Musito yo contrariado alargando los tempos en un último itento de despertar algún sentimiento de misericordia en la medio-cordial camarera que me mira displicente desde atrás de sus pupilas en las que a estas alturas ya se vislumbran llamas iracundas y que me matarían si es que las miradas poseyeran el don del homicidio voluntario.
Pues si quiere pensarlo un poco mejor vuelvo dentro de un rato mientras se decide me espeta ella en un claro plan evasivo previsible con la intención de desaparecer de escena con más que probable rajada pertinente sobre mí a sus compañeros de trabajo y la vaga esperanza de que mientras tanto pueda suceder cualquier cosa que haga que no hayamos de seguir esta conversación como el fin de su jornada laboral, mi repentina abducción por parte de los extraterrestres (o, al menos, la suya) o el Fin del Universo de improviso, pero que, en cualquier caso, le permite perderme un rato de vista que tal y como estaban las cosas no es poco.
Pero, pasa el tiempo, y nada extraordinario sucede: el mundo no se ha terminado de pronto, su turno de trabajo no termina hasta mucho más tarde como ella bien sabe y ningún extraterrestre ha llevado a cabo ninguna abducción por lo que se ve de nuevo conminada a acercarse hasta la mesa donde aún permanezco yo en evidente actitud dubitativa cual pensador de Rodin o Dr. Heissenberg sumido en su propio principio de incertidumbre.
Preguntándome: ¿Ha decidido ya lo que va a pedir?
A lo que yo le contesto si ¿Café hacen en esta época del año? Interpelándola a modo de sutil ironia que es inmediatamente captada como tal por la algo-gentil camarera que ha sido instruida para estos menesteres en un cursillo intensivo de frases con doble sentido por lo que en esta detecta con diligencia un tono rancio a modo de queja que… no deja de ser lo que es.
Así que saliéndose del rol prefijado camarera-cliente le mira a uno como-perdonándole-la-vida y me dice clarito que si quiero pedir algo que lo pida y si no ahí está la puerta.
Y ahí es cuando a uno le vienen ganas de hacer valer sus derechos universales y está a punto de citar a Montaigne o apelar al tribunal de la Haya pero, al final, uno recapacita que quizá la cosa no es para tanto y que el diente canino que asoma por debajo del rictus homicida de la proto- hospitalaria camarera es un elemento suficientemente disuasorio como para pedir definitivamente un café solo, por favor. Y disculpe las molestias.

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