La horripilante era del vacío:

Hoy solo puedo ver del mundo su horripilancia. Su deplorable estado de descomposición en el que agonizantes seres se empeñan en resistir existiendo al menos un día más.
Y para ello se dedican a fatigar sus pulmones con respiraciones vacuas, a postergar el mecanismo cardiovascular de sus corazones que se empeñan en latir por todo. Y por nada.
Y persistentemente se empeñan en comunicar su hastío a los demás hastiados seres que también insisten en congregarse y concurrir a lugares en los que compartir su fastidio existencial.
Hoy la humanidad se me presenta irremediablemente como la angustia de un único ser moribundo que prefiere el dolor a la nada, que busca ampararse en el último reducto de engaño antes que desistir definitivamente de sus fútiles anhelos de persistencia. Y es un gentío atroz que abarrota las calles y los parques deambulando sin destino por el mero hecho de no estar parados. Murmurando insistentemente por no tener que oír el vacío de sus mentes que callan y permanecen en la más inútil de las inopias, que se ausentan e incomparecen en cada frase, en cada gesto, en cada mirada.
Y de este modo no hay nadie andando por las calles por mucho que parezcan llenas de individuos. Meros hologramas, meras apariencias, puras ausencias de personas que conforman por acumulación de nadas entre todos la absoluta era del vacío.

Que – como todo vacío que se acumula en demasía- está, inevitablemente, a punto de explotar.

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