Dicen los poetas

Dicen los poetas, que los estorninos vuelan ya más tristes entre el gris de la ciudades que se erigen a su vuelo sin el duelo necesario por la tierra robada al cementerio. Dicen los poetas que el cielo está en ruinas y por las escaleras de caracol al infierno suben los demonios de tu psique a hacer parrillada de tu cuerpo, que está en ascuas.
Dicen los poetas que los martes son cada día más cortos y la luna está más lejos y las hormigas caban más hondo y las serpientes se arrastan más a ras de suelo como estrategia de supervivencia al deshielo de los polos. Dicen los poetas que el mes de Abril está en depresesión, que el arco iris es una escala de grises, que en los desfiles de los ejercitos de los paises orgullosos de si mismos ya no quedan corazones que palpiten a deshora o taquicardias que descompasen el tic tac ferreo de los relojes de péndulo, que se ahorcan en su propio tiempo.
Dicen los poetas que de las doce formas de belleza primigenia solo quedán tres y es por eso que lloran a veces los bebes en la cuna sin ningun motivo fisiológico concreto y desaparece una estrella en el cielo y nace un cordero bicéfalo entre rebuznos de asnos, cacareos de gallinas incesantes y musgo de suelo de ciudad dormitorio.
Y dicen los poetas que dicen los que no lo son que la palabra está en deshusó por su proliferación en forma de bombas de racimo cayendo sobre las cabezas huecas de los propios contertulios que hablan por las orejas y escuchan con la boca.
Y tu no digas nada, calla en la madrugada, guarda tus impulsos de revuelta y adormece tu mirada de reliquia fosil de ti mismo. Llega inpuntual a la cita con el monolito de tu ombligo, con el meteorito de tu riñón o la hecatombe de tu pancreas y sucumbe a los cantos de tortuga en celo, de armaguedon de sirenas de ambulacia imbuyendo a los transeuntes en un memento mori repentino, cruel… y fugaz.
Y no pienses en que dirán o que están diciendo o que dijeron los poetas y apostrófate en el sillón de esperar un destino que jamás ha de llegar a tu vera porque se extravió en la chican de los desahucios, ahí donde sucumben los porvenires aciagos.
No hay nada, del otro lado del cristal de la ventana por la que saltan los acantilados rotos en mil pedazos como un jarrón que en su vuelo sempiterno ve pasar las manos del alfareró que lo moldeó con lujuria, libidinosidad y deseo, ve la montaña de tierra arcillosa y los ojos admirados de las visitas de la casa y las flores que su frio corazón de hueco de vasija albergó mientras se iban secando, mustiando, pudriendo, putrefaccionando, deteriorando… ante la imperativo de la senescencia, como vulgares seres humanos, ante el silencio de los poetas que callan y no dicen nada mientras observan desesperados, impasibles e impotentes como se pudre una flor.
Y es que dicen los poetas que no dicen nada, que la revolución es mirar esa flor hasta que se te marchiten los ojos.

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