Esdrújulas arritmias craneoncefálicocardiovasculares:

De poetas occitanos de delicadas formas a poetas otomanos furibundos blandiendo su cimitarra sobre el que denosta sus versos, todos son lo mismo. Todos hijos del abismo que separa la pax romana de las horas del spleen y los periodos antidiluvianos de enjuta prosa enciclopédica, del relámpago que nos triza en mil escarnios y regurgita la espina dorsal del lenguaje hasta encarnarse en forma de persona, de poeta, de poema.
Y desdichado aquel que jamás sintió la blasfemia del ser escupiéndole a la cara cual millón de sinsabores agrios en plena tempestad de saliva que le azota y le arranca de la matriz del estruendo previsible para corromperlo hasta el núcleo duro de su metempsicosis.

Esdrújulas. Carguen, apunten… ¡fuego!

Trasnochado, entonces, el de la antibiótica pertenencia al clan de los parapetados en una pose única y hierática que los herrumbra vencidos a merced del mausoleo de afectados por el imperativo de la senescencia. Homogeneizado al resto aquel que enarbola como ramo de flores momificadas metáforas que nacieron fosilizadas en su agónico aborto entre la vibrante sinapsis hortera de dos neuronas que no debieron conocerse jamás, antes incluso, en la percepción neuroastémica de un impulso visual encorsetado en su antiatómico lóbulo frontal.
Y de este modo, lograr ser cursi de antemano y prorrumpir escuálidas palabras de plástico y metacrilato ausentes de riesgo de vértice gramatical. Ser humanista cálido que no renuncia al falso cáliz de la esperanza y se protege de vientos alisios de guerras del pasado y venideras mediante la sagrada sábana en la que se envolvió en la pálida noche del vértigo del desamparo y en la que ahora amanece sin recónditos ángulos hacia los que apuntar el circuncidado punto de fuga de sus palabras que bullen como pájaros geológicos que olvidaron la cáscara y el tedio, que soñaron ser cerámica de tálamo y fábula de tríptico de tanatorio de métricas xenófobas de ti.
Y que entonces regresen al unisono las bandadas de aves fenix desde las cenizas de Prometeo y que sea el susurro en vuelo kamizaze de un mosquito en medio de la madrugada el último himno patrio al que subyugarse prostibulariamente en delirios centrípetos y adarce de pieles afónicas que sucumben al delirio dermatológico de los parásitos nanométricos que habitan en tu piel.

Y yo, rendido héroe jurásico, que me descuento con las incruentas estrellas y vomito besos zodíacos y pirámides satelitales y emano tentáculos relampagueantes desde la comisura de sépalos en desuso de las esponjiformes cárceles que corrigen el cierzo que orienta la veleta de mi destino fatuo. Yo, endocrino déficit de coleccionista de historias inconclusas de amores imposibles. Yo, desastroso cenit de estrellas extraviadas en la telaraña del espacio-tiempo que se esconden en el trópico de capricornio del ápside de mi mirada. Yo, desconsolado protozoo de carcomidas semánticas de laboratorio y sarcástica túnica de profeta de relámpagos después del trueno, de gemidos después del orgasmo, de universos después del armaguedón. Yo, desmesura y austeridad de recursos sintácticos y amnistía con los clichés tierraplanistas del mundo y armisticio con la madrugada y rendición metalúrgica en términos humillantes con la mirada del otro sin olor a pólvora al despuntar el alba, sin sangre de poeta derramada, asépticamente capitular sobre un crepúsculo y sin lamentos ante la voluptuosidad de una felicidad inane que nos somete a la tiranía de lo consuetudinario, el terso aplauso sinsentido de focas adiestradas, ante el paladar de los cáusticos perros paulovianos que salivan al son de campanillas prestablecidas en tratados de paz claudicatoria.
E, incluso, yo ratones de steinner que huyen del presentimiento fatídico y angular de la descarga punitiva del que dirán los otros sin calambre y ventisca, del que opinarán del musgo entre los dedos y el fulgor en dominó concomitante que alza megalómanos santuarios de palabras muertas que se verán desde saturno, del que dirán de los vestigios de intentar engalanar la nada con aureolas desterradas, del que dirán de mi, adalid de fulgurantes esdrújulas otorrinolaringólogas en paralelepípedas frases de eyecciones de purulento magma desoxirribonucleico que ensimisma isobaras amalgamadas en la diáspora de mis electroencefálicos pensamientos que desencadenan contrarrevoluciones paleontológicas subsumidas a la hierofántica cópula de un diccionario y un corazón descompensado de tanto latir.
Yo, despojos de poeta, que cuando el ruido cese, volveré a la onomatopeya. Y opinaré que a mi… plin, que duermo en Picolín.

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