El baile de las motas de polvo

Dos motitas de polvo se conocieron al amparo de un haz de luz que asomaba al mediodía por la ventana de una biblioteca vacía.
La propia densidad del aire las acercó de tal forma que estuvieron a punto de rozarse y sintieron sus propios campos gravitatorios de mota de polvo flotando por la espesa estancia.
Eran motas muy cultas pues habían estado posadas sobre muchos de los libros que reposaban en las estanterías de dicha biblioteca. Prendidas de sus lomos y sus solapas las motas adquirieron grandes conocimientos de la historia de la humanidad. Y cada vez que alguien cogía un libro y lo alzaba las motas salían disparadas hacia todos lados hasta posarse en otros volúmenes y seguir aumentando su sabiduría de ínfimo puntito de polvo.
De este modo, nuestras dos insignes motas calcularon que, una vez se habían cruzado, volarían en recorridos parabólicos que pronto las volverían a juntar. Con lo que solo tenían que dejarse mecer por la corriente que entraba desde los resquicios imperceptibles de debajo de las puertas que probocaban remolinos isobáricos que podían observarse al contacto con los rayos de luz que venían de la calle creando -y muy bien ellas lo sabían por haberlo leído en un libro de ciencia- el Efecto Tyndall por el que las partículas coloidales son visibles al dispersarse la luz sobre estas.
Y, mientras suspiraban nuestras motas de polvo por volverse a encontrar, iban creando una coreografía indeleble en la que danzaban suavemente en medio de otros miles de motas inconscientes de sí mismas.
Se enredaban en volutas que subían hasta casi el techo para luego desparramarse en diásporas que las alejaban la una de la otra hasta perderse en dos torbellinos de partículas que las propulsaban tímidamente hacia una mutua colisión que las hacía de nuevo rozarse en medio de la sala.
Luego otra vez se alejaban mansamente o se entreveraban voluptuosamente mientras la tarde avanzaba imperceptible al son del silencio del baile de dos motas de polvo que se enamoraron en medio de un haz de luz que entraba por la ventana de una biblioteca vacía.

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