Al despertar

Amanezco lleno de patadas silenciosas por el cuerpo en compota de manzana. He sido liberado de una cárcel troglodita en un sueño lejano. Llevo puesto el traje del emperador remendado a jirones de cicatrices de garras de dinosaurios. Que al despertar siguen allí.

No estás tú que te has marchado con la primera luz del alba, igual que parten los exploradores al amanecer destino la aventura o los soldados en la guerra en dirección a la muerte. Es posible que tú tampoco regreses ni tan siquiera en sueños. Nos separamos en una pesadilla de una noche de un viernes de Abril y desde entonces no te he vuelto a soñar. A no ser que consideremos que el recuerdo onírico de tu ausencia sea una forma sublime de melancolía.

Amanezco lleno de microrroturas emocionales por pérdidas intangibles de sucesos pretéritos. He sido condenado a no despertar por el tribunal supremo de los espejismos de la duermevela. El hoy es un delirio de la mente que se debate entre el ser y no ser. La inconsciencia del madrugar y el despertarse acecha la realidad surrealista de tu existencia como cada mañana. Y un coro de rebuznos de unicornio hace de despertador.

Soy el sueño del tipo que un día en medio de un sueño te soñó. Tú eras real como son reales las pompas de jabón, las abstracciones o el número pi. Y es por eso que te desvanecías con todos tus decimales o partículas acuosas de una esfera perfecta que hace ¡plof!

Te olvidaré cuando la lluvia por las aceras borre la memoria fosilizada de tus pisadas. Lloraré por tu ausencia a trece decibelios de llanto y a nueve centilitros de lágrimas por minuto. Y no te dejaré regresar al columpio del árbol de mi sueño octavo de la noche anterior. Si hace falta talaré los bosques de mis fantasías con un pestañeo, alzaré alambradas en mi lóbulo frontal, llenaré de cartelitos de se busca mis entresueños y postraré francotiradores en cada campanario para que acaben contigo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

Erradicaré hasta el último de tus recuerdos. Desestructuraré las arrugas que dejaste entre las sábanas de mi cama, pintaré las paredes por las que pululan los vestigios de las sombras de tu cuerpo desnudo al vaivén del conticinio de la madrugada, despistaré el eco de tus gemidos poniendo relojes que hagan tic-tac por los rincones. Lavaré con jabones que huelan a coco mi piel, mudaré el color de mis ojos para camuflar la imagen de tu rostro prendida en mi retina, llevaré a la cueva más remota del sueño más recóndito tu recuerdo y ahí lo abandonaré.

Y al despertar, cuando ya no queden dinosaurios ante mi, te habrás ido del todo. Y yo apenas permaneceré.

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