Fui.
Hubo un día en que fui mota de polvo en tu ojo, piojo en tu cabello ondulante al viento, pigmento gris en el cromatismo del iris de tu mirada.
Femtosegundo en el tic-tac de tu reloj de pulsera, átomo en el retal de uña del dedo meñique de tu pie izquierdo. Fui peca diminuta en la constelación inasible de tu espalda, gota de agua en el océano de tu bajo vientre, granito de arena en el desierto de tu mente.
Ácaro en tu piel, mónada en el glamour de tu idiosincrasia, leucocito naufragado en el riego sanguíneo de tu corazón. Fui fragmento minúsculo de suelo incrustado en la suela de tus zapatos, corpúsculo de cielo en el punto ciego de tu mirada, miga de pan de las sobras de tu ayer, brizna del olor de tus pestañas bagando en el viento.
Fui impase de silencio en el vibrar indiferente de tus cuerdas vocales, fui molécula de aburrimiento en tus horas vacías, fui neutrino atravesando tu torso sin rozarte siquiera, fui antineutrino en medio de la esencia implacable de la nada eterna.
Fui una mínima triza de aire en tu respiración, misérrimo organismo unicelular de plancton en el mar de tu olvido, paupérrima partícula de polvo intergaláctico en el universo infinito de tu existencia.
Y hoy, soy -todavía- un poco menos.

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