La ciudad parturienta:

En la ciudad parturienta, por norma, las alcantarillas regurgitan seres humanos desparramándolos por las aceras. Después de vomitados emprenden su camino a través de las décadas hasta ser defecados como calcetines vueltos del revés por el inodoro y así volver al entramado de lúgubres tuberías del que otra vez con el tiempo renacerán.

Sin embargo, la ciudad parturienta había sido embarazada previamente por el cúmulo de semen derramado en sus lavamanos. No es de extrañar así que las personas que la habitan estén compuestas en un 90% de soledad y el 10% restante sea la desdicha habitual de la existencia.

Grises flanneurs sumidos en el enuy del zeigest preceptivo. Abortos andantes de retorcidos caminos ortogonales, fetos a la deriva a lo largo del abismo del bordillo de la acera, bastó muaré de ojos sin mirada, cenefa inútil de concatenaciones de siluetas hechas de antimateria.

La ciudad parturienta luce su volumétrica panza que es la propia curvatura del mundo, la tensión de la gravedad respecto a la membrana de nuestras dimensiones vecinas, la proyección azimutal de la corteza del ojo que la mira hasta el humor vítreo o acuoso.

La ciudad está preñada de abulia e indiferencia. Es fecunda y primeriza, siente la contracción de la línea 3 del metro pasando muy cerca de donde se oye el rumor obstetrício de lo venidero. Sufre espasmos sincopados y cuando acurruca su oreja de asfalto cerca de ti puede sentir latir tus pisadas sobre ella.
Y, entonces, la ciudad sabe que está a punto de concebirte. Que su reloj biológico y la génesis de la primavera, que su útero de cemento y tu diminuto corazón palpitante, en el alumbramiento de tu desnudo cuerpo deslizándose frente al espejo de las lunas de sus escaparates en el roce del aire acariciando tu neonata piel.

La ciudad te susurrará bienvenido. Te mecerá con su luna y amamantará a través de la luz lechosa de sus farolas al anochecer. Te nutrirá con nocturnidad y alevosía, manteniéndote en secreto, escondiéndote debajo de su piel de ladrillos, bajo la fina capa de gotelé de smegma de sus tabiques.
Y te besará despacio cuando caigas a sus pies. Y te culpará de sus pecados y expiará con sus errores de ciudad prematura los tuyos.

Compartiréis el ADN y la filogénesis. Seréis simbiosis e inercia intersticial. Os bañareis en el mismo mar y os jurareis amor eterno y vuestra palabra será contractual. Viviréis en concubinato y compartiréis una misma soledad.

Y luego, partiréis juntos a la guerra de la vida como un único ser. Concebidos el uno por el otro, paridos al unísono, creados por reciprocidad.

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