El personaje de ficción que vive en el espejo Arnolfini:

Soy un personaje de ficción que vive en el circular espejo que hay al fondo del cuadro de “El matrimonio Arnolfini”. A veces, me deslizo por los lienzos de los maestros de la escuela flamenca hasta desembocar en el Siglo de Oro español y asomarme por detrás de Felipe IV y Mariana de Austria para ver como Velázquez pinta las Meninas. Y ahí me estoy un rato hasta que detecta mi presencia el perezoso perro de abajo a la derecha del lienzo y empieza a ladrarme.

Huyo entonces por las calles que reflejaba el espejo que decía Stendhal que había que pasear por el camino para escribir novelas. Y en una de tantas me marcho o regreso –eso casi nunca se sabe con certeza- del otro lado del espejo junto a Alicia. Ahí he de correr muy deprisa para poder permanecer por un rato en ese justo lugar. Así que pronto me agoto y me marcho en una dirección para poder irme en la dirección contraria.

Luego, exhausto, me tumbo un rato a descansar en el espejo que se encuentra dentro de la habitación que hay en una fotografía dentro del film Blade Runner. Y yazco un rato junto a Zora, pero huiré pronto, antes de que Deckard me pueda encontrar a través de sus pesquisas con la maquina llamada Esper.

Es entonces cuando me zambullo hacia adentro. Tomando aire –con el orgullo patético con que toman aire y respiran en general los personajes de ficción- para emerger, finalmente, hacia arriba y ver por un instante los ojos de Narciso asomarse en los míos y caer hacia mí. Y siento como se ahoga en mi reflejo y me deleito con su asfixia y hundimiento por un instante.

Luego, emprendo mi marcha y, en menos de varios siglos, me encuentro apoyando mi cabeza en un trazo azul de la mujer frente al espejo en la que Picasso plasmó a su amante Marie Thérèse Walter. Para, más tarde, inmiscuirme entre la clientela que habita en el espejo de reflejo en bisectriz del bar del Folies-Bergère que regenta la camarera de cierto cuadro de Manet. Ahí brindo con champan junto a la bohemia francesa de la época.

Pero, después, culebreo y me arrastro, serpenteo y me deslizo para enfrentar por un momento –de refilón eso sí- la mirada de Medusa cayendo presa por el engaño de Perseo en su propio encantamiento. Y, de nuevo, me detengo a deleitarme con la petrificación de su rostro, la solidificación de su cuello, la esclerotización de sus pechos y endurecimiento calcareo de sus pezones. Y la rigidez de las serpientes de su cabeza como penes ondulantemente erectos.

De ahí nada me aparta de encontrarme en un momento en el cóncavo espejo pintado por Hieronymus Bosch en el trasero de uno de los monstruos de su Jardín de las Delicias. En el que una joven desnuda es obligada a contemplarse mientras yo, desde ese ano especular, recíprocamente, la contemplo.

Para luego columpiarme por un sutil instante en “El espejo que soy y me deshabita” de un verso de Octavio Paz.

Y, así, hundirme volumétrico y concéntrico en una esfera de cristal en manos de M.C. Escher. Dejándome sostener por un rato mientras me acaricio contra sus paradoxales yemas creadoras de mundos imposibles.

Y, de ahí, ahondando en mi ficcionalidad, ir a conocer el rostro del hombre que observa de frente en un espejo su parte de atrás en el cuadro de “La reproductión interdite” de René Magritte. Para ser invitado luego por dicho autor a pasear por el paisaje que aun refleja el cristal rotao de la ventana de su obra la “Llave del Campo”. Hasta desde esos campos a la altura de la ventana del cuadro titulado “Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis verdaderos espejos”. Y aprovechar la ocasión para saludarles a los dos.

Luego, coqueteo con el infinito en el Infinity mirrored de Yayoi Kusama. Y, tal vez, ya cansado de la repugnancia de estar en estos entes aborrecibles que son los espejos por hacer, al igual que la cópula, que se reproduzcan los seres como decía Borges, decido otra vez huir. Viendo por un instante en mi huida todos los espejos del mundo sin que ninguno me refleje.

Así, que vuelvo, finalmente, al cuadro del Matrimonio Arnolfini. Y desde este me asomo a la sala en que está expuesto en la National Gallery de Londres. Ahora, me adentro temerario del otro lado de ese otro espejo al que el común del ser humano a resuelto en llamar tal que Realidad.

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