Cuídate de Medusas y de Evas:

Enfrentar los ojos de Medusa para salvarnos de la fosilización de nuestra esencia en la historia del mundo. Desdeñar la emponzoñada manzana de Eva y morar por toda la eternidad en el Paraíso terrenal.

No morir por Julieta, no caer en el infierno de Beatrice, ni declarar a Laura nuestra señora feudal. No empezar una guerra de Troya por Helena de Troya.

Jamás dejarse embelesar por la inocencia de Lolita, no sucumbir a la tentación de sus tres silabas provocando un recorrido de tres pasos de la punta de tu lengua empezando por el paladar hasta apoyarse en el tercero en el borde de tus dientes. Lo-li-ta.

No dejarse encandilar por Alicias reales o de ficción, ni traspasar por ellas el espejo, ni caer por la profunda madriguera hasta el País de las Maravillas del que quizá ya no puedas regresar.

No prometer mantenerse impertérrito, mientras el mundo y los anuncios de cigarrillos rubios de las carteleras de fierro de la Plaza Constitución cambian, por Beatriz Viterbo. Y evitar dejarse encontrar por la maga entre las calles de París.

No comerse a Gala si fuera diminuta como una aceituna. No ser el querido pequeño ser de Simone de Beavoire. Di dejar obligarte a llamarla tú a ella “mi castor”.

No soñar que Leonor Izquierdo te llevaba por una blanca vereda, en medio del campo verde, hacia el azul de las sierras, hacia los montes azules, una mañana serena. Ni sentir su mano en la tuya, su mano de compañera, su voz de niña en tu oído como una campana nueva, como una campana virgen de un alba de primavera. No.

Y cuidarse del Bovarismo de Madame Bovary y no contagiarse del Síndrome de Electra y saber cómo advertencia a la posibilidad de formar familia con Anna Karenina que todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

Y, de igual modo, no dejar que Milena Jesenská en 1924 escriba en Viena una nota fúnebre para el diario Narodni Listy de Praga por tu defunción donde dice “tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”.

Resistir las argucias de Celestina por precipitarte hacia la lujuria de Melibea ante la envidia de Lucrecia cual Calisto. Y por ende, no sucumbir a los encantos o encantamientos ni de Dulcinea del Toboso ni de Aldonza Lorenzo.

Salir del embrujo de las Mil y una Noches en que te sumerge Sherezade con sus cuentos.

No fiarse de Medea por mucho que os deleitarais sobre el vellocino de oro y luego engendrarais prole ya que en su venganza por despecho será capaz de matar vuestra propia descendencia. Y luego culpar a vuestra locura de sus propios actos en su huida.

Y todo esto, a pesar de que finalmente no puedas evitar darle un pequeño mordisco a la manzana de Eva o, tal vez, mirar, con la consiguiente petrificación de alguna parte concreta de tu cuerpo, aunque sea tan solo un poco de reojo el escote de Medusa.

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