Hirsuta madrugada

Soy la mañana inerte que pende del hilo de la madrugada. Traigo en mi regazo los monstruos del insomnio que te besan la frente con ósculo de ácido sulfúrico.

Soy el portador del virus de la soledad,la cepa madre de la pandemia del desamparo. La maldición del estigma de los que se levantan solitarios por mucho que estés a su lado. Aquellos que abrazan pieles sin abrazar cuerpos, que follan cuerpos sin follar mentes, que aman mentes sin amar sus pensamientos.
Aquellos que viven dentro del rumor de una caracola encerrada dentro de un caparazón de tortuga guardado en una caja fuerte que está dentro de un refugio antiatómico que ubicado en el interior de esa misma caracola.

Individuo enmimismado que no siente ni padece, enemigo de mi mismo, , verdugo de mi existencia postrera en el anacoluto de un frase que.

Quejumbroso poeta del desprecio a la vida por mucho que esta se empeñe en poner a prueba mi pesimismo con encuentros momentos que valen la pena.

Pero nada importa al filo de la madrugada con las ojeras rotas y un microondas en el pecho y el hígado macerándose al baño maría. Desestructurarse como un reloj en sus diminutos engranajes sabiendo que al volver a juntarte va a sobrar una pieza que ya no encajará. Remendarte a jirones de piel seca cosido a costuras sin sentido que dejan cicatrices en la resiliencia del día a día. Desmoronarse entre las ruinas del mundo a sabiendas de que nuevos imperios vendrán a construir su civilización sobre el cementerio de tu inexistencia. Animal extinto corrupto en su brea, fósil incipiente de petrificado pene, de traje de muralla en pecho, niño en armadura de gigante, mausoleo del que fuiste en vida, pocilga de cloacas, adalid de las más nobles causas traicionadas, pedo de cucaracha.

Ego, te absolvo. Del dolor de las entrañas del mañana, del impúdico ayer que te venció tan solo para que puedas ejecutar tu venganza. Incluso, de este hoy por el que pululas arrastrando estas palabras de lava y betún, de escorbuto con mostaza, de albur de lejanas postrimerías y abyectas cacofonías nigrománticas. De hirsuta madruga pandémica que te perdona, porque en el fondo te ignora porque es la única forma de amarte. Y en eso, se parece tanto a ti…

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Algunos versos para ti

Puedo escribirte los versos más ñoños esta noche y decirte al oído bajo la luz de la luna llena que te amo como nunca antes nadie supo amar a nadie.

Puedo escribirte los versos más cobardes esta noche y callar mi deseo y llamarte mi amiga y acompañarte en bicicleta a ver el mar. Puedo escribirte los versos más ardientes esta noche y decirte que te follaría a todas horas y en todos los lugares inimaginables y de todas las formas posibles sin fin.

Puedo escribirte los más melancólicos versos y echarte de menos como se siente nostalgia del otoño en primavera y recordarte como se acuerda uno entre tinieblas y escenas medio inventadas el primer recuerdo de la infancia.

Puedo escribirte los versos más nostálgicos y rememorar nuestros besos como una crónica de la guerra de Troya. Puedo escribirte los más desatados versos ¡y gritar a los vientos que te amé! ¡que mi vida latía en tus manos como un colibrí pentadimensional!

Puedo escribirte los versos más surrealistas y decir que el buho hemofílico de la escafandra de carcoma ha parido un dejá vú. Puedo escribir los más insignes versos que te hablan de mi corazón palpitante de sístoles y diastoles que se arritmian por ti. Puedo escribir los versos más fantásticos y decir que voy a conquistar el reino de tus sueños con la espada láser de mi amor. Puedo escribir los más perversos versos y susurrar a tu oído que me gustaría ahogarte en mi bañera de leche. Puedo escribir los más apenados versos y pedirte mil perdones y sucumbir a tus pies y lavarte y plancharte la ropa y peinarte el pelo cada mañana. Puedo escribir los lujuriosos versos del apocalípsis y gritar ¡¡Que te penetraría en barrena en la espelealogía de tus entrañas en busca del agujero negro que se oculta al fondo de tu coño!!!

Puedo escribir los más tristes versos esta noche y admitir que si no estás junto a mi la vida carece de sentido, nadie ordena las hormigas que hacen cola en las aceras de los cines, no llevan mensaje cifrado las estrellas en el braylley del cielo y el universo jamás tuvo un motivo verdadero por el que empezar a existir.

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Instrucciones para masturbarse

Piense en algo que le excite. Pero no piense que lo está pensando o no lo disfrutará. Tampoco se ponga a pensar que no debe pensar que lo está pensando.

Visualícelo en su mente. De modo que ud sea el protagonista de la acción o la acción transcurra dentro de su campo visual, esté o no esté uno mismo como observador imaginario. Modele su pensamiento a medida que se acaricia alguna de sus zonas erógenas. Piense que su mano es otra mano de alguien que le está tocando. No perciba no obstante su zona erógena como ajena pues el placer generado por la misma tampoco le pertenecería.

Note como a través del tacto se estimulan los receptores de la epidermis que envían señales eléctricas a través de las neuronas hasta las zonas del cerebro que crearán la sensación de bienestar. Pero piénselo mejor en general, sin ahondar en todo el proceso. Y tampoco piense que lo está pensando.

En ningún caso ahonde en la percepción de que en realidad los átomos de una mano jamás llegan a entrar en contacto con los átomos de otra piel porqué se repelen, con lo que se pone de manifiesto la imposibilidad de tocar nada. Tampoco, entonces, de ser tocado.

Mejor abstráigase de todo eso y piense en la persona que desea. Piense como le gustaría que estuviera a su lado. Recuerde momentos íntimos vividos con ella o imagíneselos si estos jamás se han dado. Piénsese recordando haberlos imaginado para mayor rigor melancólico de los mismos. Todo esto, por supuesto, sin pensar que ud está recordando o imaginando cosas o imaginando haberlas imaginado.

Ahora libere todo su frenesí mientras aumenta el compás frotatorio con aras a la estimulación definitiva de su zona erógena que, si ha sido correctamente elegida, estará a estas alturas a punto de provocar un esplendoroso orgasmo.

A no ser que de repente se ponga a pensar que está a punto de tener un orgasmo y entonces este no pueda ejecutarse con soltura porque ud se ha puesto a pensar que si lo está pensando este no puede ejecutarse con soltura. Y aunque al final lo tenga, en realidad, tal vez no lo disfrute tanto.

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Al despertar

Amanezco lleno de patadas silenciosas por el cuerpo en compota de manzana. He sido liberado de una cárcel troglodita en un sueño lejano. Llevo puesto el traje del emperador remendado a jirones de cicatrices de garras de dinosaurios. Que al despertar siguen allí.

No estás tú que te has marchado con la primera luz del alba, igual que parten los exploradores al amanecer destino la aventura o los soldados en la guerra en dirección a la muerte. Es posible que tú tampoco regreses ni tan siquiera en sueños. Nos separamos en una pesadilla de una noche de un viernes de Abril y desde entonces no te he vuelto a soñar. A no ser que consideremos que el recuerdo onírico de tu ausencia sea una forma sublime de melancolía.

Amanezco lleno de microrroturas emocionales por pérdidas intangibles de sucesos pretéritos. He sido condenado a no despertar por el tribunal supremo de los espejismos de la duermevela. El hoy es un delirio de la mente que se debate entre el ser y no ser. La inconsciencia del madrugar y el despertarse acecha la realidad surrealista de tu existencia como cada mañana. Y un coro de rebuznos de unicornio hace de despertador.

Soy el sueño del tipo que un día en medio de un sueño te soñó. Tú eras real como son reales las pompas de jabón, las abstracciones o el número pi. Y es por eso que te desvanecías con todos tus decimales o partículas acuosas de una esfera perfecta que hace ¡plof!

Te olvidaré cuando la lluvia por las aceras borre la memoria fosilizada de tus pisadas. Lloraré por tu ausencia a trece decibelios de llanto y a nueve centilitros de lágrimas por minuto. Y no te dejaré regresar al columpio del árbol de mi sueño octavo de la noche anterior. Si hace falta talaré los bosques de mis fantasías con un pestañeo, alzaré alambradas en mi lóbulo frontal, llenaré de cartelitos de se busca mis entresueños y postraré francotiradores en cada campanario para que acaben contigo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

Erradicaré hasta el último de tus recuerdos. Desestructuraré las arrugas que dejaste entre las sábanas de mi cama, pintaré las paredes por las que pululan los vestigios de las sombras de tu cuerpo desnudo al vaivén del conticinio de la madrugada, despistaré el eco de tus gemidos poniendo relojes que hagan tic-tac por los rincones. Lavaré con jabones que huelan a coco mi piel, mudaré el color de mis ojos para camuflar la imagen de tu rostro prendida en mi retina, llevaré a la cueva más remota del sueño más recóndito tu recuerdo y ahí lo abandonaré.

Y al despertar, cuando ya no queden dinosaurios ante mi, te habrás ido del todo. Y yo apenas permaneceré.

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Contra los poetas de hoy

Gracias, poetas, por mantener aletargada en la cuna-féretro de la luna a la poesía. Gracias por mecer con mano cándida entre vahídos y estertores a todo un linaje de metáforas y adormecer con nanas soporíferas de esa lírica de gran alcurnia y vetusta esencia a tu rostro en el espejo de la historia. Gracias, no por matar, si no por dejar morirse de inanidad, asco y podredumbre a tu próximo poema.
Que si, tal vez fuera mejor callarlo antes que ofrendar al mundo una nueva excusa para mantener la estirpe del silencio hablado, llena de sintaxis correctas o correctamente desorganizadas, compuesta de las figuras retóricas precisas para hacer de la estética de lo harmónico la excusa para mantener la ética de la moral de lo bello o intentar mediante el discurso deshonestamente honorable revolver las entrañas de un tiempo sin escrúpulos que te ignora.
Tratando a la poesía como si fuera un mercado de flores de sonidos y letras. Aplaudiendo impunemente después de los puntos finales del último verso. Sonriendo en los lugares comunes donde se besa la lujuria menopáusica del infante imberbe con la lúgubre desidia del cleptómano de trasuntos trasnochados. Concibiendo –a-la-po-esía- como el medio por el que follar esta noche, como la llave que te lleva a mi cama, rizomandote la mirada de impostada lascivia de profeta de orgasmos.
Gracias, por usar la poesía en beneficio propio. Gracias por desgastar cada palabra hasta que no queda nada, un cuerpo insípido e inasible de cadáveres de letras escuálidas, descarnadas. Que les susurran a los transeúntes despistados del vacío de las horas del día… somos la raza extinta del homo sapiens que un día alzó la voz y la palabra para cortar cabezas de cuajo y ahora desmiembra con delicadeza pétalos de flor esperando, encima, que le digan que no, somos el fuego en la trinchera que ardía en cada vocablo pronunciado como un escupitajo y que ahora usa toallitas húmedas para limpiarse cualquier reducto de blasfemia que pueda aferrarse a la comisura de nuestras insolencias dichas, somos las entrañas purulentas de aquellos malditos que regurgitaron todos los eclipses de sus delirios de absenta hasta que el pellejo de sus existencias quedó del revés como un calcetín usado y ahora nada más que esencia de adormidera sobre el surco nasolabial de tu desamparo y anestesia general intravenosa para poder soportar el dolor inenarrable de una mota de polvo en la mirada…
Somos el ejercito que destruye el tiempo y la composición básica de la materia en los anhelos de los oníricos dioses y no ácaros insulsos que anidan en tu almohada de plumas mojadas de lágrimas de horchata, somos guerra y crujir de dientes de cordilleras y no bruma matutina en tus ojos, somos motosierra y uñas de diamantes, y no regazo de azucena y blandiblú inyectado, somos poesía en guerra, no esta sarta de rendiciones concatenadas a cambio de que nos perdonen la vida, de que nos sigan dejando recitar nuestras inocuas palabras que en nada afectan al devenir de las cosas.
Gracias, poetas, por tanto silencio que nos permita seguir durmiendo el letargo de este tiempo que sueña que no sabe que está dormido en su propio miedo.
Pero ay de nosotros y de ellos si tan solo un alfiler cayendo sobre el piso, ay de nosotros y de ellos sin tan solo una hoja seca crepitando contra la faz de la tierra, ay de nosotros y de ellos sin tan solo, tan solo uno de todos estos versos.

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La propiedad de lo azul

Todo lo azul del mundo me pertenece. Me di cuenta ayer al tomar del paraguero del ese bar el paraguas azul que ahora está en mi habitación para guarecerme de esa lluvia inesperada en mi vuelta a casa.
Si hubiera usurpado alguno de los otros paraguas de distintos colores –que no eran el azul- hubiera sido un robo. Por mucho que algunos de estos habían sido abandonados ahí bastante tiempo atrás.
Pero, en cambio, comprendí de inmediato que el paraguas azul me pertenecía porque (y entonces hice la extrapolación) todo lo azul del mundo me pertenece.
Los zapatos azules, los despertadores azules, los escurridores azules, las toallas azules… todos esos objetos son de mi propiedad, estén donde estén y sea quién sea que los retiene, por el mero hecho de su azulidad.
El cielo es mío. Cuando es azul. De noche o en días nublados y grises dejo de poseer su patria potestad.
Con el mar tengo dudas porque sé que es azul porque refleja el cielo. Pero finalmente pienso que es azul aquello que vemos que es azul y, por tanto, el mar también es una de mis pertenencias.
Y es que no quiero hacer excepciones con nada. No contemplo la ética o la lógica de esta teoría. Es algo visceral e inapelable por mucho que pueda ir contra cualquier tratado o contrato de propiedad o alquiler. Incluso, si atenta contra los básicos derechos del ser humano.
Tus ojos, por ejemplo, si son azules me pertenecen. Forman parte de mi ajuar de objetos y entidades en cuya superficie se refleja de la escala cromática la franja correspondiente a ese color que se inocula a mí y me convierte en su esclavo hasta conferirme paradoxalmente la patria potestad de su existencia en cualquier formato.
Paraguas, cielo, mar, tus ojos… no importa, si es azul… es mío.
A mí me pertenece el verdadero hielo, que no es blanco sino azul. Como azules son mis icebergs de Islandia, mi isla helada de Kritoya y el mar del archipiélago de Svalbard donde viven los osos polares que si fueran azules también serían míos, pero no lo son, lástima.
Si que lo son los azulejos comunes, el dácnis cayana o la urraca azul que forman parte de mi animalario particular compuesto de animales azules como Mariposa Morpho Didius, o el Crótalo de Sri Lanka.
La flora azul también es toda mía: las rosas azules, la campanula, la lobelia, la salvia patens, el agastache, las borrajas. Todas ellas son mi personal jardín botánico.
E, incluso, son mías las azules flores del cuadro de lo Lirios de Van Gohg. Y también me pertenece a mí y no a Picasso todo su periodo azul.
Y cuando digo azul quiero decir todos los azules existentes: el azul aciano, el azul marino, el azul índigo, el añil, el cerúleo, el bigaro, el celeste, el azul cobalto, el azul maya o el azul klein. Y el conflictivo azul turquesa que es mío hasta que se confunde con el verde y ahí deja de serlo. Al igual que por el otro lado me pertenecen todas las gamas del azul hasta que se topa insolentemente con el violeta.
Y es que si alzas la vista y observas a tu alrededor con atención constatarás como todas las cosas o partes de cosas que son azules son de mi propiedad. Y algún día las reclamaré para que vuelvan con su verdadero dueño. Igual que este paraguas azul que reposa en el suelo de mi habitación que me protegió de una inesperada lluvia azul que embriagaba un cielo azul oscuro que también he reclamado esta noche para mí, junto a toda la tristeza del mundo, que al ser azul también me pertenece y la poseo con enorme egoísmo y avaricia apoderándome de toda sin dejar nada a los demás.

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El baile de las motas de polvo

Dos motitas de polvo se conocieron al amparo de un haz de luz que asomaba al mediodía por la ventana de una biblioteca vacía.
La propia densidad del aire las acercó de tal forma que estuvieron a punto de rozarse y sintieron sus propios campos gravitatorios de mota de polvo flotando por la espesa estancia.
Eran motas muy cultas pues habían estado posadas sobre muchos de los libros que reposaban en las estanterías de dicha biblioteca. Prendidas de sus lomos y sus solapas las motas adquirieron grandes conocimientos de la historia de la humanidad. Y cada vez que alguien cogía un libro y lo alzaba las motas salían disparadas hacia todos lados hasta posarse en otros volúmenes y seguir aumentando su sabiduría de ínfimo puntito de polvo.
De este modo, nuestras dos insignes motas calcularon que, una vez se habían cruzado, volarían en recorridos parabólicos que pronto las volverían a juntar. Con lo que solo tenían que dejarse mecer por la corriente que entraba desde los resquicios imperceptibles de debajo de las puertas que probocaban remolinos isobáricos que podían observarse al contacto con los rayos de luz que venían de la calle creando -y muy bien ellas lo sabían por haberlo leído en un libro de ciencia- el Efecto Tyndall por el que las partículas coloidales son visibles al dispersarse la luz sobre estas.
Y, mientras suspiraban nuestras motas de polvo por volverse a encontrar, iban creando una coreografía indeleble en la que danzaban suavemente en medio de otros miles de motas inconscientes de sí mismas.
Se enredaban en volutas que subían hasta casi el techo para luego desparramarse en diásporas que las alejaban la una de la otra hasta perderse en dos torbellinos de partículas que las propulsaban tímidamente hacia una mutua colisión que las hacía de nuevo rozarse en medio de la sala.
Luego otra vez se alejaban mansamente o se entreveraban voluptuosamente mientras la tarde avanzaba imperceptible al son del silencio del baile de dos motas de polvo que se enamoraron en medio de un haz de luz que entraba por la ventana de una biblioteca vacía.

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