Contra los poetas de hoy

Gracias, poetas, por mantener aletargada en la cuna-féretro de la luna a la poesía. Gracias por mecer con mano cándida entre vahídos y estertores a todo un linaje de metáforas y adormecer con nanas soporíferas de esa lírica de gran alcurnia y vetusta esencia a tu rostro en el espejo de la historia. Gracias, no por matar, si no por dejar morirse de inanidad, asco y podredumbre a tu próximo poema.
Que si, tal vez fuera mejor callarlo antes que ofrendar al mundo una nueva excusa para mantener la estirpe del silencio hablado, llena de sintaxis correctas o correctamente desorganizadas, compuesta de las figuras retóricas precisas para hacer de la estética de lo harmónico la excusa para mantener la ética de la moral de lo bello o intentar mediante el discurso deshonestamente honorable revolver las entrañas de un tiempo sin escrúpulos que te ignora.
Tratando a la poesía como si fuera un mercado de flores de sonidos y letras. Aplaudiendo impunemente después de los puntos finales del último verso. Sonriendo en los lugares comunes donde se besa la lujuria menopáusica del infante imberbe con la lúgubre desidia del cleptómano de trasuntos trasnochados. Concibiendo –a-la-po-esía- como el medio por el que follar esta noche, como la llave que te lleva a mi cama, rizomandote la mirada de impostada lascivia de profeta de orgasmos.
Gracias, por usar la poesía en beneficio propio. Gracias por desgastar cada palabra hasta que no queda nada, un cuerpo insípido e inasible de cadáveres de letras escuálidas, descarnadas. Que les susurran a los transeúntes despistados del vacío de las horas del día… somos la raza extinta del homo sapiens que un día alzó la voz y la palabra para cortar cabezas de cuajo y ahora desmiembra con delicadeza pétalos de flor esperando, encima, que le digan que no, somos el fuego en la trinchera que ardía en cada vocablo pronunciado como un escupitajo y que ahora usa toallitas húmedas para limpiarse cualquier reducto de blasfemia que pueda aferrarse a la comisura de nuestras insolencias dichas, somos las entrañas purulentas de aquellos malditos que regurgitaron todos los eclipses de sus delirios de absenta hasta que el pellejo de sus existencias quedó del revés como un calcetín usado y ahora nada más que esencia de adormidera sobre el surco nasolabial de tu desamparo y anestesia general intravenosa para poder soportar el dolor inenarrable de una mota de polvo en la mirada…
Somos el ejercito que destruye el tiempo y la composición básica de la materia en los anhelos de los oníricos dioses y no ácaros insulsos que anidan en tu almohada de plumas mojadas de lágrimas de horchata, somos guerra y crujir de dientes de cordilleras y no bruma matutina en tus ojos, somos motosierra y uñas de diamantes, y no regazo de azucena y blandiblú inyectado, somos poesía en guerra, no esta sarta de rendiciones concatenadas a cambio de que nos perdonen la vida, de que nos sigan dejando recitar nuestras inocuas palabras que en nada afectan al devenir de las cosas.
Gracias, poetas, por tanto silencio que nos permita seguir durmiendo el letargo de este tiempo que sueña que no sabe que está dormido en su propio miedo.
Pero ay de nosotros y de ellos si tan solo un alfiler cayendo sobre el piso, ay de nosotros y de ellos sin tan solo una hoja seca crepitando contra la faz de la tierra, ay de nosotros y de ellos sin tan solo, tan solo uno de todos estos versos.

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La propiedad de lo azul

Todo lo azul del mundo me pertenece. Me di cuenta ayer al tomar del paraguero del ese bar el paraguas azul que ahora está en mi habitación para guarecerme de esa lluvia inesperada en mi vuelta a casa.
Si hubiera usurpado alguno de los otros paraguas de distintos colores –que no eran el azul- hubiera sido un robo. Por mucho que algunos de estos habían sido abandonados ahí bastante tiempo atrás.
Pero, en cambio, comprendí de inmediato que el paraguas azul me pertenecía porque (y entonces hice la extrapolación) todo lo azul del mundo me pertenece.
Los zapatos azules, los despertadores azules, los escurridores azules, las toallas azules… todos esos objetos son de mi propiedad, estén donde estén y sea quién sea que los retiene, por el mero hecho de su azulidad.
El cielo es mío. Cuando es azul. De noche o en días nublados y grises dejo de poseer su patria potestad.
Con el mar tengo dudas porque sé que es azul porque refleja el cielo. Pero finalmente pienso que es azul aquello que vemos que es azul y, por tanto, el mar también es una de mis pertenencias.
Y es que no quiero hacer excepciones con nada. No contemplo la ética o la lógica de esta teoría. Es algo visceral e inapelable por mucho que pueda ir contra cualquier tratado o contrato de propiedad o alquiler. Incluso, si atenta contra los básicos derechos del ser humano.
Tus ojos, por ejemplo, si son azules me pertenecen. Forman parte de mi ajuar de objetos y entidades en cuya superficie se refleja de la escala cromática la franja correspondiente a ese color que se inocula a mí y me convierte en su esclavo hasta conferirme paradoxalmente la patria potestad de su existencia en cualquier formato.
Paraguas, cielo, mar, tus ojos… no importa, si es azul… es mío.
A mí me pertenece el verdadero hielo, que no es blanco sino azul. Como azules son mis icebergs de Islandia, mi isla helada de Kritoya y el mar del archipiélago de Svalbard donde viven los osos polares que si fueran azules también serían míos, pero no lo son, lástima.
Si que lo son los pájaros……… que forman parte de mi animalario particular compuesto de animales azules como……..
La flora azul también es toda mía: las……, las…., las….. y los….. son mi propio jardín botánico.
E, incluso, son mías las azules flores del cuadro de …… Y me pertenece a mí y no a Picasso todo su periodo azul.
Y cuando digo azul quiero decir todos los azules existentes: el azul cian, el azul marino, el azul índigo, … …. Y el conflictivo azul turquesa que es mío hasta que se confunde con el verde y ahí deja de serlo. Al igual que por el otro lado me pertenecen todas las gamas del azul hasta que se topa insolentemente con el violeta.
Y es que si alzas la vista y observas a tu alrededor con atención constatarás como todas las cosas o partes de cosas que son azules son de mi propiedad. Y algún día las reclamaré para que vuelvan con su verdadero dueño. Igual que este paraguas azul que reposa en el suelo de mi habitación que me protegió de una inesperada lluvia azul que embriagaba un cielo azul oscuro que también he reclamado esta noche para mí, junto a toda la tristeza del mundo, que al ser azul también me pertenece y la poseo con enorme egoísmo y avaricia apoderándome de toda sin dejar nada a los demás.

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El baile de las motas de polvo

Dos motitas de polvo se conocieron al amparo de un haz de luz que asomaba al mediodía por la ventana de una biblioteca vacía.
La propia densidad del aire las acercó de tal forma que estuvieron a punto de rozarse y sintieron sus propios campos gravitatorios de mota de polvo flotando por la espesa estancia.
Eran motas muy cultas pues habían estado posadas sobre muchos de los libros que reposaban en las estanterías de dicha biblioteca. Prendidas de sus lomos y sus solapas las motas adquirieron grandes conocimientos de la historia de la humanidad. Y cada vez que alguien cogía un libro y lo alzaba las motas salían disparadas hacia todos lados hasta posarse en otros volúmenes y seguir aumentando su sabiduría de ínfimo puntito de polvo.
De este modo, nuestras dos insignes motas calcularon que, una vez se habían cruzado, volarían en recorridos parabólicos que pronto las volverían a juntar. Con lo que solo tenían que dejarse mecer por la corriente que entraba desde los resquicios imperceptibles de debajo de las puertas que probocaban remolinos isobáricos que podían observarse al contacto con los rayos de luz que venían de la calle creando -y muy bien ellas lo sabían por haberlo leído en un libro de ciencia- el Efecto Tyndall por el que las partículas coloidales son visibles al dispersarse la luz sobre estas.
Y, mientras suspiraban nuestras motas de polvo por volverse a encontrar, iban creando una coreografía indeleble en la que danzaban suavemente en medio de otros miles de motas inconscientes de sí mismas.
Se enredaban en volutas que subían hasta casi el techo para luego desparramarse en diásporas que las alejaban la una de la otra hasta perderse en dos torbellinos de partículas que las propulsaban tímidamente hacia una mutua colisión que las hacía de nuevo rozarse en medio de la sala.
Luego otra vez se alejaban mansamente o se entreveraban voluptuosamente mientras la tarde avanzaba imperceptible al son del silencio del baile de dos motas de polvo que se enamoraron en medio de un haz de luz que entraba por la ventana de una biblioteca vacía.

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Las 7 risas de Ana Prescott

Ana Prescott rie de siete maneras diferentes.
Y cada risa corresponde a un estado de animo diferente si no a una personalidad distinta.
Tiene una risa coqueta (algo así como “ji ji ji…”) que utiliza cuando Ramon Buj hace referencia al color té canela de sus ojos y la constelación de pecas de su espalda.
Luego, tiene su risa de camionero sórdido tal que “jo jo jo…” que a veces le sale cuando los comentarios de Ramon Buj más bien versan sobre la portentosidad de su culo o la promontoriedad de sus tetas.
Prescott tiene también una risa perdonavidas (algo como “je je je…”) que usa con eficacia lapidaria cuando no le hace ninguna gracia el último comentario de Ramon Buj sobre ella. Risa que puede ir perfectamente acompañada de un “idiota” o un algo más sutil “floripondio”.
La cuarta risa de la Prescott es una risa de felicidad, un ¡¡JA JA JA!! en mayúsculas y entre signos de exclamación que profiere en preocupantes momentos de alegría desbordada y algarabía desmedida por cualquier motivo en general. Incluso, por algun comentario concreto de Ramon Buj que en otras circunstancias le hubiera correspondido la anterior risa perdonavidas.
Otra risa de la Prescott es la risa condescendiente, una concatenación de jotas (algo así como “j-j-j-j-j-j…”) que le recuerda a Ramon Buj la forma de reír de un perro de unos dibujos animados de su infancia.
Esta risa podría proceder a algún comentario presuntamente simpático de Ramon Buj que a ella no se lo hubiera parecido tanto. O, tal vez, que no hubiera entendido nada y rie por solidaridad o por no tener que ahondar en la cuestión.
La sexta y séptima risa de la Prescott son un misterio.
La sexta porque no puede transcribirse de ningún modo debido a su asonoridad y cacofonía, además de sus variables entonaciones.
Es una risa contenida y desmedida a la vez, risueña y triste, escatológica y sublime. Es una risa paradoxal y contradictoria y, al mismo tiempo, sencilla y lógica. Una risa desconcertante que cuando es oída por Ramon Buj, de repente, el mundo y el universo le cobran sentido.
La última, la séptima risa de la Prescott, es la risa de la muerte. Quizá se pudiera transcribir a efectos prácticos como “ju ju ju…” pero si la oyeras sentirías un escalofrío recorriendo tu cuerpo hasta hacer temblar cada átomo de tu ser con su sentido y vibración ulterior.
Es la risa fatídica y apocalíptica que presagia grandes calamidades y terribles tormentos. Es la risa funesta que te conmina a estar callado y no volver a hablar en bastante rato sobre lo que sea que haya hecho despertar esta terrible risa del Apocalipsis.
Ramon Buj la oyó una vez y deseó no volver a oírla nunca más.
Apuntó mentalmente qué comentario suyo había desencadenado tal mecanismo de destrucción ajena dentro de Ana Prescott y se ordenó a si mismo jamás volver a proferir dichas palabras.
De las siete risas de la Precott esa era la que debía evitar de todas todas. Ahora lo sabía. Y sabía que cualquier cosa que precediera a esa maléfica risa debía ser erradicada de su personalidad.
Las otras, las demás seis risas que Ana Prescott va profiriendo con inusitada inconsciencia se van alternando en sus distintas charlas en cafés y demás lugares. Y es agradable saber que ella tiene, llegado el caso, una risa diferente para cada ocasión.

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Y, mientras, tu y yo ahí en medio

Un incontenible movimiento sísmico hace temblar la hilera de libros que se desplaza como un glaciar a punto de resquebrajarse más allá del abismo de la estantería.
La bombilla del techo palpita como el corazón de un colibrí regurgitando su vibración lumínica que se inocula por las paredes deslizándose hasta los pisos adyacentes mientras se diluye a través de la entropía y la distancia.
Una respiración entrecortada resuena en los ángulos romos de las esquinas de la habitación como gritos de lejanos cuasares que persisten en su sempiterna eclosión. Y retumba un colapso de átomos desbocados refulgiendo contra las ondas gravitacionales del eco del bigbang chocando entre sí como olas de océanos que se encuentran.
Traquetean los bordes de los marcos de los cuadros contra la pared. Chillan las costuras de los pliegues del colchón. Tiembla la membrana de partículas que recubre la piel de polvo de los anaqueles hasta erizarse en un escalofrío que relampaguea todo.
Retumba nanométricamente la estructura del edificio y se estremece la ciudad. Tintinean un poco más aceleradas las estrellas del cielo al compás del trastornado diapasón de oscilaciones de cesio que rige el reloj del destino de los seres.
Convulsiona todo: libros, cuadros, luz, cuasares, átomos, colchón, edificio, polvo, ciudad, estrellas… y está el universo a punto de derrumbarse poseído por la vorágine de los sentidos en el epicentro del tiempo donde el vórtice del colapso de la apocalípsis del mundo.

Y, mientras, tu y yo -nosotros- ahí en medio.

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Cronograma variable de nuestro amor

Nos conoceremos un martes por la tarde en aquel Club Literario que solías frecuentar.
Yo te habré leído un texto y nos abrazaremos sin sentido como si nos amaramos desde siempre al cabo de apenas diez minutos de habernos conocido. Luego, nos despediremos como si nada y no volveremos a entablar conversación hasta semanas más tarde cuando habremos estado a punto de empezar una orgía que jamás empezará (de momento).
Al día siguiente, veinticuatro horas después de haberme prometido veinticuatro horas antes de hacer el amor al cabo de veinticuatro horas, volveremos a vernos en el mismo sitio y ni siquiera nos saludaremos haciendo ver que no nos conocemos.
Pero cinco cervezas después haremos ver que no hemos hecho ver que no nos conocemos y nos saludaremos como si nos conociéramos de toda la vida.
Concederemos entonces una tregua al tiempo instaurándonos como servicio cronológico universal atrasando nuestro sendos relojes para sincronizarnos una hora antes. así, en esta hora recobrada nos pondremos al día de nuestros nombres, sueños y ocupaciones para poder olvidarlos varias horas después diversas cervezas mediante.
Sin embargo, haremos planes de futuro para designarnos como amigos en el futuro del futuro después de habernos odiado en un pasado intermedio respecto de ese futuro y este presente.
Antes, o sea, en unas horas nos habremos acostado juntos hasta vulnerar tantos recovecos de nuestros sendos cuerpos que, de repente, tenga sentido que tan solo conocernos nos profesáramos tanto amor artificial.
Después, dormiremos juntos hasta tener ese sueño que ya hemos olvidado en que yo y tu nos conocíamos un martes por la noche.
Al despertar, aunque no recordemos el sueño, tú no lo recuerdas en absoluto y yo, en realidad, no lo he soñado aun, sabremos lo suficiente, sin embargo, como para intuir que lo hemos olvidado.
Y sería así, como al cabo de unos días tú empezarás a escribir un cuento sobre como dentro de un tiempo vamos a olvidar la gran mayoría de situaciones intermedias de nuestra convivencia excepto aquellas que describiste en dicha historia.
Y entre estas se cuenta como yo escribo estas palabras que son el texto que te leí nada más conocerte en ese Club Literario que algún día frecuentarás.

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El hombrecito verde

El hombrecito verde vive atrapado dentro de un semáforo. Su esencia luminiscente le hace plantearse su realidad y piensa porqué verde y porqué camina y hacia donde dirige sus pasos si no parece jamás avanzar hacia ningún lugar siempre confinado en este receptáculo que es su cárcel y su condena.
Y desde ahí piensa cual es el sentido de la vida y como es que piensa y con que finalidad existe si es que existe. Y si es que en verdad existe algo y no es todo más bien todo una mera ilusión de su conciencia.
Finalmente, el hombrecito verde llega a la teoría de que él es cuando es. Y eso irremediablemente significa que si no fuera no sería.
Pero, no sabe muy bien porqué, tiene un pálpito que le hace sentir que justamente a veces deja de ser, como si se desvaneciera o fuera otra cosa o se convirtiera en algún otro ser. Y entonces duda de que su color sea el único color posible y sueña que existe en otros cromatismos y otras posiciones. Razona que a veces podría ser rojo, sin saber que es el rojo. Piensa en la inhóspita existencia de otros hombrecitos que pudieran adoptar su postura y múltiples posturas diferentes que él, en su dimensión de hombrecito verde de semáforo no puede ni tan siquiera concebir.
Tampoco cree que sea posible entender que había antes del semáforo o que hay más allá de este y entonces sueña, porque eso ya no se puede pensar, tan solo se puede delirar, que más allá hay un mundo de infinitas coloraciones en que existen inconcebibles posibilidades cinestésicas y ese mundo es habitado por extraños hombrecitos de variopintas morfologías y dimensiones que, sin embargo, de algún modo siente que están sometidos a los designios que él, minúsculo hombrecito verde que vive atrapado en un semáforo, rige con severa autoridad.

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