Soy y no soy.

Yo ya no soy yo, ya no soy el que era, ni tampoco el que seré. Ya no me identifico con mis propios problemas, ya no entiendo mis propias bromas, ni concibo como mías mis palabras. Ya no pienso que todo aquello que pienso es lo que pienso yo, ya no soy el que soy, ya no creo en lo que creo, ni siento que mis sentimientos sean mis sentimientos verdaderos.
Ya no respondo “yo” cuando al llamar a la puerta alguien me pregunta “¿Quién es?”. Ya no me diferencio de los otros por contraposición a los demás. Ya no estoy aquí y ahora, ya no me pertenece mi muerte, ni entiendo como mía mi propia vida. Ya no existo en mi propia existencia. Ya no.
Ya no me identifica mi marca de nacimiento en el muslo derecho, ya no reconozco mi propia voz en el contestador, ya no me huelen bien mis propios pedos porque no son míos. No he sido yo.
No es mi sed la que apago bebiendo agua, no es mi respiración la que siempre me olvido de ejecutar, no es mi pasión la que desata una lujuria que tampoco entiendo como propia. Ni es mía mi ira o mi compasión. No son mías mis decisiones tomadas de antemano por no se que motivos que jamás llego a comprender. No soy consciente de ser consciente de ser yo.
De mi me siento ausente, lejano y extraño como si nunca hubiera estado en mi y me conociera apenas de oídas. Como si hubiera leído mi pasado en una biografía apócrifa, como si mi historia fuera un burdo rumor. Viviendo en un lugar que no es mi hogar, rodeado de personas que desconozco, haciendo cosas que no haría jamás si yo fuera yo. Pero no lo soy.
Porque todo lo que me rodea me ausenta del mundo, me extravía de mi mismo y me rehuye de mi. Y es quizá por eso que ahora puedo inventar quien quiera ser, a pesar de que no consiga serlo nunca e, incluso, dejando de lado el hecho de que quizás lo haya conseguido ya.

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Temeridades viales.

Yo soy un tipo temerario que siempre cruza la calle por cualquier sitio sin mirar a los lados y con ímpetu. O, al menos, mirando de reojo por si viniera algún auto. O si mejor cruzo por un paso cebra lo hago eso si cuando está en rojo sin ningún miedo a ser atropellado o, en todo caso, espero a que no vengan coches o quizá que alguien se atreva a cruzar en rojo primero. Aunque, tal vez me decido más raudo si el semáforo del peatón está aun en ámbar o si está a punto de ponerse en verde porqué los autos ya han frenado y es casi seguro que va a cambiar de inmediato el color y va a poderse cruzar la calle con seguridad, aunque ya puestos me espero a que acabe de ponerse en verde e igualmente miro hacia los dos lados repetidas veces para mayor tranquilidad e, incluso, a veces prefiero quedarme en esta parte de la calzada sin cruzar y vivir de este lado de la calle para el resto de mi vida.

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Si vinieras conmigo esta noche alguna cosa haríamos parecida al amor. Si vinieras conmigo esta noche algo sucedería similar al sexo. Aunque no fueran amor y sexo tal y como la gente lo entiende, ya que inventariamos de nuevo estos conceptos y los nombraríamos con otras palabras que también nacerán esta noche desde nuestros cuerpos entrelazados en fenómenos cercanos a las caricias y a los besos pero sin serlo exactamente. Nuestras sendas masas corpóreas vulneradas en una desnudez ancestral pero renovada y tal vez unidos en nuestras profundidades abisales en una danza primordial de albor de los tiempos que iríamos creando desde la nada si te vinieras conmigo esta noche.

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Vivir.

Yo viví en la calle amargura y en una casa sin paredes. Yo sobreviví a siete gatos o a siete vidas de un mismo gato. Yo habité una ciudad sin corazón y viví en un corazón roto en mil pedazos que ya no sabía amar. Yo he vivido en ningún lugar, en ningún tiempo y con nadie y con nada y, además, viví junto a un mar y bajo el mismo cielo en el que vivías tú.
Yo he vivido en unos ojos miopes que me veían borroso y he vivido también en el punto ciego de la mirada oblicua del mundo. Yo he habitado en todos los espejos del planeta sin que apenas casi ninguno llegara a reflejarme jamás. Yo he vivido en tu recuerdo y en mi recuerdo de tu recuerdo y en la conciencia mutua de nosotros. Y en el olvido reciproco de los dos.
Yo he vivido dentro de una caracola en la que podía oírse el propio run-run de mi oído interno. Aunque parecía el sonido del mar.
Yo he pernoctado en el hostal del olvido, en el que nadie piensa en ti en toda la noche mientras estés ah durmiendo. Yo he vivido en un mundo lejano lejos de mi hogar que se llamaba Planeta Tierra. Yo he vivido en una dimensión paralela opuesta a la mía a la que llamaban realidad.
Pero también he vivido en tus sueños y hasta en los míos propios en que me encontraba contigo hasta que me desvanecía en el aire en el instante de tu despertar. Yo he vivido en el pasado y en un futuro hipotético imaginado desde ese pasado respecto a este presente. Yo he vivido en un impase inocuo y anodino de la historia. He vivido en el Fin del Mundo y en el Inicio de los Tiempos. He vivido allí y allá, he vivido antes y luego, he vivido siempre y nunca y donde nadie podía encontrarme y cuando nada podía suceder. He vivido en el espacio intersticial que separa tu piel de mi piel y he vivido a años luz -a eones y eones- de tu vera y de la vera del mundo.
Y ahora vivo en el aquí y ahora. Si es que vivo. Si es que hay aquí y ahora. Si es que tú existes para vivir junto a mí.

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Había una vez un tiempo.

Hay un tiempo, si es que el tiempo existe para amar, para ser, vivir, estar o parecer que amas, vives, estas, eres o pareces. Hay un tiempo, si la eternidad existe, en que todo lo que haces es para siempre y desde siempre. Un tiempo de lucha, de caídos y vencidos que recaen en sus males, tiempo de sacrificios, de victorias, de acciones heroicas matutinas y vespertinas veleidades.
Hay un tiempo, si es que lo hay, para levantarse y andar, para tomar la voz y la palabra y declamar que hay un tiempo para levantarse, andar, tomar la voz y la palabra y declamar que lo hay. Tiempo de guerras internas y treguas con los armisticios de paz convertida en mediocridad y aciago destino de poetas y héroes. Tiempo de enfrentarse al mundo y declararle la guerra al día a día. Entablar batalla con los enemigos de uno mismo y con uno mismo. Tiempo de rebelión contra la masa opresora que te declara tú, siendo ellos, que te conmina al silencio y aboga por tu esclavitud de una libertad utópica llamada sueño imposible.
Tiempo de revolución contra todo. Tiempo de cambiar las reglas del juego y proponer la diversión como fin último del acto de jugar. Tiempo de saltarse al mismo tiempo los preceptos de este nuevo tiempo. En que ya no, ya no sirve de nada ganar y no hay derrota de los otros, en que no vale la pena existir si perduran ciertas existencias, en que ya no nos podemos conformar con sobrevivir a estos tiempos que corren sino que hay que cambiar el mundo, modificar la realidad y alterar el destino del universo, el porvenir de la historia y la idiosincrasia de este tiempo, que como cualquier tiempo habido y por haber, es el tuyo propio. Y tú eres el único culpable y responsable final del tiempo en que viviste, en que vives o en el que vivirás.

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Raro, diminuto y helado.

Eres un bicho raro, diminuto y helado. Vagas perdido por un sistema solar aciago, a la deriva de un cosmos oscuro y vacío. Eres feo, eres lejano, eres enano. Eres Plutón: un bicho raro, diminuto y helado.
Nadie te quiere, das asco. Eres la escoria de la Galaxia, el planeta desdichado, una esfera inútil que vaga extraviada por los confines del horizonte, lejos de todo, cerca de nada y de nadie. Lúgubre y mohoso planeta distante que no oculta más secretos que su ausencia, con el que nadie sueña ni se desvela, al que nadie anhela colonizar, al que todo el mundo ignora cada día un poco más. Sucio conglomerado de roca inerte, bicho raro, inmundicia intergaláctica, diminuto, repudio del universo y, encima, helado.
Con el corazón en permafrost y alma frígida de planeta mojigato, desastroso mundo, horrible y estúpido planeta, yo te imploro, yo te siento en mi, a ti me amparo. A tu frío me encomiendo, en tu pequeñez quepo, de tu rareza soy esclavo.

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Mi ciudad.

Y en aquella ciudad conjetural viven aglomerados miles de mi. Es mi ciudad, en la que todos los habitantes eran yo. Uno a uno se comportaban, reían, lloraban, se movían, hablaban, callaban, sentían y vivían como yo. Porque eran yo. No copias múltiples apenas indiferenciables, sino yo mismo, siendo yo en cada uno de ellos.
Y todas las cosas que hacían las hacía yo a tiempo real y desde una simultaneidad única que no diferenciaba entre espacios y tiempos. Era yo andando por la calle, yo hablando en una esquina, yo callando sentado en un banco, yo durmiendo en mi habitación y en las múltiples habitaciones distintas y a la vez iguales pero que se distinguían porque todas eran la habitación en la que yo dormía.
Luego y al mismo tiempo estaba yo despertando o yo habiendo despertado hace poco y ahora me encontraba desayunando unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa y/o de frambuesa y/o de melocotón y/o un croissan y/o una magdalenas y/o galletas. Y al mismo tiempo estaba yo saliendo de casa y andando por esa ciudad que me pertenecía porque era esclavo de ella, en la que solo estaba yo junto a infinitos yoes que se multiplicaban por todos los lugares y los instantes ignorándose contumaz y mutuamente.
Hasta que un día yo me encuentro conmigo mismo y al mismo tiempo y en el mismo lugar yo me encuentro conmigo mismo y me miro fijamente a los ojos mientras en el mismo instante me miro fijamente a los ojos y, entonces, ofrezco mi mano para saludarme en un acto atroz y solemne al mismo tiempo que observo como yo mismo me ofrezco la mano para saludarme en un acto atroz y solemne ante el que dudo si corresponderme dicho ofrecimiento hasta que finalmente el miedo me vence y decido ignorarme y huir mientras yo me veo ignorarme y huir de modo que ahora me observo alejarme andando por la calle sin girarme siquiera para mirar atrás mientras me alejo andando por la calle sin atreverme a girarme y mirar atrás.

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